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Adicionalmente, 37 por ciento de ellas cuentan con Secundaria, aunque ninguna de las privadas de la libertad realizaron posgrados.

El verdadero amor, no duele, no engaña

Monserrat M. Cuevas

“El amor no tiene envidia, el amor no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” -1 Corintios 13.

Esta es la historia de Guadalupe Becerra, licenciada en psicología, madre de dos varones: Mario de 31 años, quien es médico general y Jaír, un pequeño que vino al mundo sólo 3 meses y al que cobardemente se le arrebató la vida.

“Mario o como le digo de cariño, ‘flaco’, es mi orgullo, todo un profesional en la salud, entregado a su vocación, cuando lo veo de con su bata blanca siento que es un ángel todo bonito, y bueno mi angelito, Jaír que sólo lo mal aproveché durante tres meses”, detalló Lupita.

El martirio

Guadalupe, como todo joven, quería comerse al mundo; una elección errónea y la confusión del concepto de amor la llevó a olvidar en definitiva toda meta.

“Recuerdo que todo inició cuando me case con Mario, el papá de mis dos hijos. Yo terminé la licenciatura en psicología, mi ex marido (Mario) era comerciante; desde ahí ya había un ligero desfase, porque yo pensaba en grande: en montar un consultorio, en trabajar en algún Colegio y vivir dignamente, vaya ser independiente. Mario no, él se conformaba con lo que tenía. Cuando me pidió matrimonio, aquí quiero decirte que no fue lo que esperaba, porque bueno, él jamás tenía dinero; para mi claro, porque para los amigos, nombre había de sobra. Yo lo quería, lo amaba, entonces, en mi ceguera acepté; que si pudiera cambiar la historia lo mando a volar”.  

No vivieron felices para siempre

El poco amor que Guadalupe se tenía a sí misma le ocasionó angustias, preocupaciones, pero sobre todo provocaba que sus estados de ánimo dependieran de una persona, su esposo.

“Nos casamos y mi primer error fue ser sumisa, no darme a valer. Para comenzar, la fiesta y todo lo de la boda lo pague yo, él ni un peso dio.  El día de la boda, llegó tarde a la iglesia oliendo a alcohol; de malas. Yo toda angustiada y preocupada por: ¿hice algo que le molestó? ¿Por qué está enojado? Culpándome a mí. Bueno, el enojo del ser, fue que mi vestido estaba un poco escotado. Primer acto de violencia que tuve que soportar. Como pudimos conseguimos unos seguros y cubrí esa parte del vestido. Después un primo me sacó a bailar, y otro problema, porque ‘yo era suya’, de nadie más. Ya enfiestado, recuerdo perfectamente que me dijo: ‘no sé porque me casé contigo’. Yo en mi inocencia (si así le queremos llamar) dije, ‘está borracho, mañana se le baja’. Pues no, jamás se me bajó”.

El matrimonio que nunca soñó

Cuando era niña Guadalupe soñaba con encontrar a su príncipe azul, y, como en los cuentos de hadas, vivir un romance que tuviera un: ‘y vivieron felices para siempre’, lo cual no sucedió.

“Uno piensa que es el ‘vivieron felices por siempre’, pero no, no fue eso.  Fue el infierno por siempre. Y no digo que el matrimonio sea algo malo, lo malo es cuando permitimos el abuso, la violencia, eso es lo malo. Nadie, ningún hombre o mujer tiene porque violentarnos, debe haber siempre un respeto”.

El normalizar una vida llena de violencia y machismo fue lo que cegaba a Guadalupe, pues confundía la ‘violencia familiar’ con el amor.

“Cuando algo no le gustaba a Mario eran golpes seguros, violencia verbal, pero uno lo normaliza porque nos educan para vivir bajo estas condiciones. ‘¿Cómo te vas a divorciar del padre de tus hijos, piensa en ellos?’ Pues pensaba en todo, menos ellos, porque sí al primer golpe que me dio ese hombre me hubiera separado de él, tuviera dos maravillosos hombrecitos, no sólo uno”.

El cuento de hadas se seguía destiñendo

Llegó el primer bebé, una bendición para la familia, pues ese fue un sueño que Lupita tenía desde niña, pero la vida que llevaba, nunca fue digna; ella tenía salir adelante a como diera lugar.

“Me embarace del Mario cuando tenía 24 años, básicamente como mamá soltera. Todo lo pague yo, y yo sola salí del hospital. Tenía dos meses de haberme aliviado cuando Mario borracho me golpeó. Me dejó en terapia intensiva 10 días. Lo perdoné, como perdonaba todos sus maltratos. Siete años después, ‘erróneamente’, como decía él, me embaracé de Jaír, mi angelito”.

El amor que sentía por su esposo era infinito, así que la violencia que sufría pasaba a segundo término, aunque en ocasiones estos comportamientos la lastimaran.

“Obviamente de mil cosas no me bajaba, pero lo que más me dolía era cuando decía no es mío, ‘no lo quiero’. Claro que no lo quería, si ni él se quería, pero a pesar de eso yo lo amaba, ponía pretextos para no darme cuenta de que ese hombre era malo. Toleraba su conducta por codependencia; no quería estar sola y menos con dos hijos. Aunque siempre lo estuve ¿no?”.

El pan de cada día

Para Guadalupe la familia que hasta el momento tenía era perfecta. Las pocas muestras de amor de  su agresor eran suficientes para sentirse amada, pero sobre todo protegida.

“Mi ‘flaco’ era el consentido de Mario, bueno al menos eso decía él, entonces muy pocas veces le pegaba, pero eso sí cuando andaba borracho, mi niño tenía que ver cómo me golpeaba. Incluso embarazada de Jaír, pare en hospital muchas veces por el riesgo a perder a mi bebé.  

“Cuando el doctor preguntaba por los golpes yo decía la típica, me caí. Yo pensaba que engañaba al doctor pero no, me engañaba yo. Visité todas las unidades de la Cruz Roja de Guadalajara y Zapopan, y después todas las Cruz Verde y también hospitales privados, porque era obvio que si volvía a la misma, ya no me iban a creer”.  

La llegada de su segundo hijo, cambiaría el rumbo de su vida, pues de ser una gran bendición pasó a la peor desgracia.

“Me alivie en marzo de 1996 de Jaír y lo mismo, sola, pero ahora con dos hijos, hermosos los dos.

“Jamás me imaginé que le arrebataría tan cobardemente la vida a mi bebé. Tenía dos meses mi pequeño cuando recibió loS primeros golpes de su padre. Jaír lloró porque tenía hambre y Mario, molesto, lo comenzó a cachetear. ¡Hijo de la tiznada! ¡Cómo toleré que un infeliz como él, golpeará a mi bebé!

“Cuando dejó de golpearlo, fui a ver a mi bebito y estaba rojito, lo veía con sus ojitos hinchados por tanto llorar y yo ciega”.

Los golpes que Guadalupe recibía no tenían justificación alguna pero a su agresor le daban poder.

“El día que mi hijo cumplió mi 3 meses de nacido, lejos de estar contentos por su vida, parece que estábamos enojados por eso. Mario llegó borracho y me comenzó a golpear. Acto seguido, encierra a mi hijo mayor en el baño y se va contra Jaír.

“Yo estaba en la sala, tendida, porque recuerdo que me dio una patada en el vientre para ‘que dejará de embarazarme’. No podía respirar, y aún viene a mi mente cómo lloraba mi bebito. Recuerdo que por mi mente pasaba un, ‘pégame a mí, porque yo me lo merezco’. Nadie se merece un Mario en su vida”.

El delito por amor

El golpe más duro para Guadalupe apenas venía. Ver como moría en los brazos de su hijo mayor la persona que menos culpa tenía, “fue un trauma para todos, pero quien más lo sufrió fue Mario.

“Hay un momento que no recuerdo nada. Sólo abrí los ojos y vi a mi hijo el mayor sentado en la sala, con Jaír en los brazos llorando. Como pude me levanté, y vi a mi bebé bañado en sangre, y en eso llegaron mi abuelo y mi mamá. Yo no sabía qué estaba pasando, pero eso sí, regañé a mi hijo porque nadie debía enterarse de la vida que me daba Mario.

“Mi abuelo agarró a Jaír y se fue al Hospital Civil pero por mi bebé ya no podían hacer nada. Me lo habían matado y yo lo permití.

“La autopsia de mi Jaír salió que había fallecido por asfixia, y también presentaba golpes en la cabeza y un pulmuncito perforado. Algo que no me perdono. Porque le arrebataron su vida y de paso, una parte de mi”.

Por amor cambié mi libertad

Para Guadalupe su calvario apenas comenzaba, pues aparte de sanar los golpes físicos, tenía que pagar una deuda con la sociedad que jamás quiso adquirir.

“Como yo también resulte lesionada por Mario, fui víctima y no hubo cargos en mi contra, me dieron de alta. Pasó el velorio de mi bebé y las investigaciones continuaron. Todo apuntaba y era culpa de Mario. Pero por ‘amor’ yo lo defendía. Entonces, pues también entré en el proceso y para que él no perdiera su libertad, al final confesé que era mi culpa”.

27 años fue su condena por salvar al que en su momento creyó que el amor de su vida. Una decisión que dejaría sin madre a un pequeño de 7 años mientras que el culpable huía del país.

Siguió la lista de injusticias

“Me condenaron a 27 años, pero por buena conducta me redujeron la condena a 24. El primer año fue el más difícil, porque deje a mi Mario de 7 años, un chiquillo, confiada en que su padre estaría al pendiente de él, pero no, el canalla se fue a Estados Unidos.

“Su madre fue avisarme que se iba porque quería que el niño tuviera una mejor educación. Eso no sucedió porque a pesar de estar aquí, yo trabajaba para que mi hijo tuviera una buena educación, y no siguiera ninguno de nuestros ejemplos. De Mario desde que entré y ahora que salí, jamás volví a saber de él”.

La mayoría de las mujeres que están presas es porque amaron a un mal amor.

La familia su pilar

Para Guadalupe su familia es lo más valioso, lo que la mantuvo viva durante 24 años, ya que cuando más los necesitaba, jamás la abandonaron.

“Mi mamá y mi abuelito velaron por Mario. Lo educaron y también lo apoyaron para que terminara sus estudios. Yo trabajaba para ayudarlo y de paso me especialicé en temas de violencia familiar, porque como yo, hay muchas mujeres que están en la cárcel por ‘AMOR’.  

Doña Martha es la madre de Guadalupe. Tener a una hija presa no fue nada fácil, pero su crecimiento dentro del Centro Penitenciario compensó el dolor que sentía.

“Fue difícil. Fue triste ir a verla a Puente Grande. Yo pensé que me iba morir y que jamás nos volveríamos a ver libre. La veía muy delgada, demacrada por culpa de aquel maldito pero sobre todo por la culpa que la carcomía”.

El peso de la culpa

“Recuerdo que siempre me pedía perdón. Nos veíamos y ella me decía: ‘Mamita, perdóname. Yo no quería que esto fuera así. Yo veía su buen comportamiento, que le echaba muchas ganas para salir adelante; yo no sabía que estaba estudiando la especialidad, pero no sabes el gusto que me dio, en verdad, saber que ella quería ayudar y superarse”.

Mario es el hijo mayor de Guadalupe, su confianza en Dios y el anhelo de superarse lograron que saliera adelante del mal momento que de niño vivió.

“Muchos traumas, pero siempre me puse en las mejores manos, las de  Dios. El ver a mi hermano moribundo y después muerto, es algo que me marcó para siempre; a mi mamá tras las rejas y a un papá que jamás le importamos, te deja traumado. Al principio odié a mi mamá porque yo decía, ¿por qué no salvaste a mi hermano? No entendí nada, porque era un niño. No entendía por qué mi papá era malo con mi mamá”, asegura Mario.

“Ella me apoyó tanto, que se me cae la cara de vergüenza por el trato que le llegue a dar;  como le hablaba, recuerdo que un día le dije que la que debería de estar muerta era ella y no Jaír. No sabes lo que me arrepiento, porque ella sufría más, tenía dos penas, no estar con su familia y la muerte que jamás tendría que haber pagado”.

Sufren abandono

La población reclusa femenina sigue como la población olvidada de los sistemas penitenciarios. Esto se debe a que las mujeres constituyen un porcentaje relativamente pequeño de la población penitenciaria.

El abandono que llegan a sufrir, según lo que relató Guadalupe, es por parte de sus parejas sentimentales o incluso por la familia.  

“La mayoría de las mujeres que están en la penal, somos y fuimos víctimas de abandono, por parte de nuestras parejas, incluso por nuestra propia familia. Tuve una compañera que entró a las filas del crimen organizado por encubrir a su esposo y a ella la condenaron 30 años, mientras que a su esposo sólo a cinco. Salió su esposo y como yo, ni el nombre le supimos, se fue”.

La vida le enseño a Guadalupe que la familia es la única que estará en los malos y peores momentos, a pesar de estar recluida por un delito que ella jamás cometió.

“En mi caso Mario jamás me visitó. Nunca, la realidad es que siempre tenía la ilusión de volverlo a ver. Recuerdo que de recién  que entré le decía a mi mamá, sino viene él yo no quiero ver a nadie. Dos meses me dejaron de visitar, no porque ya no me quisieran, al contrario me adoraban, sólo era un castigo que bien o mal me lo busqué”.

En números

En México existen 188 mil 262 personas privadas de la libertad en los centros penitenciarios de las entidades federativas hasta el cierre de 2016, siendo 95 por ciento hombres.

Durante 2017 ingresaron 101 mil 038 personas a Centros Penitenciarios y a Centros de Tratamiento o Internamiento para adolescentes a cargo de las entidades federativas.

Del total de esta población, el 7.3 por ciento fueron mujeres. Esto según información del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

La mayoría de reclusas, tienen entre 18 y 29 años de edad y la gran mayoría terminaron sus estudios de Secundaria.

Respecto del perfil de la población femenina en reclusión, la problemática que presentan no es distinta a la de los hombres.

Las características sociodemográficas visibles arrojan que 36 por ciento de mujeres privadas de su libertad tenían entre 18 y 29 años durante 2016; mientras que 32 por ciento, tenían entre 30 y 39 años.

Adicionalmente, 37 por ciento de ellas cuentan con Secundaria, aunque ninguna de las privadas de la libertad realizaron posgrados.

Acerca de Monserrat Cuevas

Lic. Ciencias de la Comunicación | Reportera en Acción | Temas sociales, busco historias de vida que contar.

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