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Las circunstancias nos propician para vivir esta virtud, aprovechémosla y hagámosla vida. / Fotografía; Archivo

Para vivir la lentitud de la cuarentena

Sergio Padilla Moreno

Al momento de escribir este texto todavía no entramos en la declaración del estado de emergencia que, seguramente, estará vigente al momento de su publicación. Los días que hemos vivido últimamente ante la pandemia nos habrán obligado a resguardarnos en casa para cuidarnos y cuidar a los demás, en una actitud que es una expresión de amor evangélico.

La cuarentena, la distancia social y el resguardo domiciliario, serán un tiempo propicio para vivir unos verdaderos ejercicios cuaresmales. Esto me recuerda la circunstancia que, finalmente, propició el espacio y el tiempo en que se gestó la conversión y la espiritualidad de uno de los más grandes amigos de Dios que ha dado la Iglesia: me refiero a San Ignacio de Loyola.

En mayo de 1521, el entonces joven pretencioso fue gravemente herido en la pierna por una bala de cañón, hecho que lo obligó a pasar un largo tiempo de recuperación en radical encierro, en el que la lectura de algunos libros, especialmente La vida de Cristo del cartujo Ludolfo de Sajonia, cambiaron su vida. Dios lo llamó durante un tiempo que para Ignacio fue de total lentitud, más cuando él reconoce que estaba «dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra».

Una buena manera de vivir estos tiempos de resguardo y cuidado es formarnos en el ejercicio del “arte de la lentitud”, virtud a la que nos invita el sacerdote portugués, ahora cardenal, José Tolentino Mendonça, en su libro Pequeña teología de la lentitud (Fragmenta Editorial, Barcelona, 2017).

El P. Mendonça, quien predicó en 2018 los Ejercicios Espirituales al Papa Francisco y la Curia Romana, nos confronta respecto a que “Nuestros estilos de vida parecen contaminados irremediablemente por una presión que escapa a nuestro control; no hay tiempo que perder; queremos alcanzar las metas lo más rápidamente posible; los procesos nos desgastan, las preguntas nos retrasan, los sentimientos son un puro despilfarro; nos dicen que lo que importa son los resultados, solo los resultados. A causa de esto, el ritmo de las actividades se ha tornado despiadadamente inhumano […]

Pasamos por las cosas sin habitarlas, hablamos con los demás sin escucharlos, acumulamos información que no llegaremos a profundizar. Todo transcurre a un galope ruidoso, vehemente y efímero. Realmente, la velocidad a la que vivimos nos impide vivir.”

Para enfrentar todas esas prisas, el P. Mendonça reconoce que “aunque en las sociedades occidentales modernas la lentitud haya perdido su estatus, sigue siendo un antídoto contra el patrón normalizador.

La lentitud intenta huir de lo cuadriculado; se arriesga a trascender lo meramente funcional y utilitario; elige en más ocasiones convivir con la vida silenciosa; registra los pequeños tránsitos de sentido, las variaciones de sabor y sus minucias fascinantes, el palpar tan íntimo y diverso que puede tener luz.” Las circunstancias nos propician para vivir esta virtud, aprovechémosla y hagámosla vida.

padilla@iteso.mx

SAN IGNACIO DE LOYOLA – PELICULA

Acerca de Monserrat Cuevas

Lic. Ciencias de la Comunicación | Reportera en Acción | Temas sociales, busco historias de vida que contar.

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