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Cuando la enfermedad nos visita en casa

Cristina Parra

Esta situación la vamos a analizar desde 3 enfoques distintos: El enfermo, el cuidador y la familia en general.

La enfermedad no hace distinción entre malos y buenos, jóvenes o mayores, ricos y pobres, no es un castigo: ¿Quién pecó para que este naciera así, él o sus padres? (Jn. 9. 2). Simplemente llega, sucede, nos muestra lo vulnerables que somos y que la vida te puede cambiar en un segundo. Puede ser un accidente o una situación congénita o adquirida la que nos haga modificar nuestros planes.

Hay distintos grados de afectaciones por la enfermedad, desde una simple irritación por resfriado, limitantes motrices, comunicativas o intelectuales, también hay quienes tienen una condición severa, pero sus funciones sociales no se ven afectadas y quienes sí están postrados en cama o resguardados en un hospital o lugar en particular. El enfermo no se siente bien, pero tampoco quiere incomodar o dar molestias. No puede hacer todo por sí mismo y se apena más de sentirse necesitado que de tener que pedir ayuda.

Para la persona que lo atiende y lo cuida, algunas veces es fácil cubrir sus necesidades, tenerle su alimento, hacerle sus curaciones, procurarle las medidas sanitarias y de higiene necesarias; pero otras veces es pesado, porque el paciente puede estar de mal humor ocasional o frecuentemente. También puede ser cansado estar vigilante las 24 horas; aunque lo hagamos con mucho amor, puede resultar, con el tiempo, desgastante en lo físico, emocional y económico; y necesitamos apoyo material de los demás, pero también apoyo espiritual.

La dinámica familiar se modifica porque las actividades cambian, se organizan para atender entre todos a la persona enferma: unos brindan el servicio, la atención, otros aportan los recursos económicos, otros apoyan con los traslados, en fin, cada uno según sus posibilidades, pero entre todos deben ofrecer una atención digna, de calidad, cálida, amorosa, misericordiosa. Sin restar importancia a sus lamentos: “No es para tanto”, “Ashhh ahorita te lo hago” “pero si te lo acabo de dar”. Los niños aprenden de los ejemplos que damos los adultos.

Confiemos en Dios cuando nos enfermemos nosotros o algún familiar, abandonémonos en las manos amorosas de Dios y aprendamos de la situación. Quizás Dios quiere cosechar frutos de conversión, de unidad, de humildad, despojarnos quizás de orgullo, de pleitos, diferencias y que MANIFESTEMOS CON EL TESTIMONIO, EL AMOR MISERICORDIOSO DE DIOS.

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