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¿De qué tamaño somos?

“¿De qué tamaño somos? La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano…” San Agustín.

Fernando Díaz de Sandi Mora

De pronto el mundo se figura como más pequeño, parece que ya no cabemos en él los poco más de 7 mil millones de personas que ahora lo habitamos, parece que ha reducido su tamaño, o más bien nosotros nos hicimos más grandes… Corrijo, no somos más grandes, más bien estamos hinchados.

Transitamos por calles en las que todos quieren llegar primero y todos creen tener el derecho de avanzar antes que otro aún a costa de un posible accidente. Todos buscamos ser atendidos pronto y cuidado con que nos digan que no se puede o no es posible porque entonces de nuestro interior surge ese monstruo gigante alimentado de ego, de ira, frustraciones añejas y aparece la soberbia, la que nos hace sentirnos por encima de todo y de todos, dignos de todo el reconocimiento y atención por encima de todos los demás a quienes vemos como “simples mortales”, personas que deben doblegarse ante nuestros caprichos más irracionales y someterse a nuestra voluntad.

Deja de ser el padre soberbio que provoca terror cuando llega a casa con sus gritos, o el compañero de trabajo traicionero que pone zancadilla a otros para subir de puesto. Deja de la tu disfraz de espinas que impide que los demás se acerquen a ti, ese disfraz no te queda.

La soberbia ya nos costó un paraíso, cuando Adán y Eva, queriendo ser algo que no son, víctimas de la mentira de la serpiente que los envenenó de soberbia al decirles “si comen de ese fruto serán como dioses”, esa soberbia les nubló la razón y desobedecieron la única orden que Dios había dado.

¡Bájate del caballo! Pon los pies en la tierra y reconócete como una persona común y corriente, llena de virtudes y cualidades, pero también con muchas cosas por mejorar en tu vida personal y en tus relaciones. No te hace grande un título o carrera universitaria ni aún con todos los posgrados que tengas; tampoco te hace grande traer la cartera a reventar ni tener colección de conquistas sexuales; tampoco te hace grande fanfarronear con ser buenos para los trancazos, o porque con gritos de loco sometes la voluntad de tus hijos y pareja. Tampoco te hace grande ser del grupo parroquial o rezar mucho o pasarla todo día en el templo, eso sólo te hincha pero no te hace grande.

La única grandeza es la del corazón, la del amor que se convierte en perdón, en servicio, en paz para los demás. Sólo el amor nos hace grandes, lo demás es puro aire que tarde o temprano te va a explotar en tu propia vida.

Así que, sencillito, sé el que eres. Dios te quiere feliz, no te quiere grande.

Acerca de Rebeca Ortega Camacho

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