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La piedra en el zapato: Madurar en la fe

«No dejes que los fracasos de la iglesia te distancien de Dios»

Papa Francisco (Diciembre, 2019)

Fernando Díaz de Sandi Mora

Hace algunos días tuve la oportunidad de entablar una charla mañanera con unas personas muy amables. Como es costumbre, abordaron el tema de cómo estaba mi situación en el hogar, mi ocupación, etc., para después comenzar a tocar el tema de la verdadera religión, de la única manera de salvar nuestra alma. Escuché con atención y educación, viendo en ellos su pasión, su manera de abordar los temas relacionados con el amor de Dios, su misericordia y nuestro compromiso con el bien. En prácticamente todo estuvimos de acuerdo, salvo un comentario que consideré errático, una falacia en la que caemos muchos seres humanos más allá del credo o ideología religiosa que se profese: “Tu iglesia es mala, tu religión es falsa porque sus dirigentes son pecadores, fallan, se van por el dinero, son pederastas, muchos hasta están metidos en broncas con la política y hasta el crimen organizado…”, sentenció el juicio de aquel hombre que cambió su rostro amable en una mirada de fuego, la espada desenvainada y la boca apretada.

Dios me ha permitido conocer muchas situaciones, distintas y variadas formas de pensar. Tengo muy buenos amigos cristianos, algunos tantos budistas, un amigo judío, dos más que son musulmanes, muchos ateos, algunos agnósticos, y católicos en mayoría. Todos coindicen en algo: los seres humanos fallamos, nos equivocamos, cometemos errores que dañan a otros y a sí mismos.

La iglesia católica desde sus raíces, incluso desde sus más sagrados misterios, surge en medio de la debilidad humana. La negación de Pedro, las constantes dudas de los apóstoles, incluso la última cena, donde nace el sacramento del orden sacerdotal y la eucaristía, fue acompañada por la traición de Judas. Es bien sabido que muchos sacerdotes, obispos, religiosos, papas, y por supuesto el resto de nosotros hemos realizado acciones de las cuales no podemos sentirnos orgullosos, un testimonio erróneo, totalmente contradictorio a la fe que decimos profesar.

La fe supone la certeza de creer y vivir de acuerdo a lo que se cree. Dios es el amor que trasciende y lo transforma todo. La perfección sólo a Él pertenece, y a nosotros como personas el trabajo de cada día por mejorarnos, tolerarnos y aceptarnos los unos a los otros.

Creo que es tiempo de madurar, de reconocer la mano de Dios, su grandeza, su poder, y sobre todo su misericordia en medio de nuestras miserias humanas, en donde a pesar de muchos y con todo y ellos, el amor de Dios se manifiesta en una y mil formas. Ojalá que tu fe no dependa de nadie más, porque solo depende de tu relación íntima con Dios, reflejada en tus acciones del mundo.

Ya lo dijo el Maestro: “Sólo arroje la piedra aquel que esté libre de pecado”.

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