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Modernidad Líquida: La relación de Hugo Chávez con Dios

El catolicismo y evangelismo en Latinoamérica de frente a los populismos de izquierda y de derecha

 Fabián Acosta Rico

Este es el primero de varios artículos que presentaremos para entender la complejidad de los entendimientos y desencuentros de la fe y la política en México y en Latinoamérica. Comenzamos esta serie hablando de Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana. 

En estos tiempos postmodernos y postseculares llama la atención que   Dios sale a salvar nuestras utopías más seculares como ocurrió en Venezuela con el finado comandante Hugo Chávez. He aquí un ejemplo de desinhibición pública religiosa; el líder carismático dueño del discurso que inspira y mueve a las masas apela a Dios, poniéndolo como testigo y guía de sus decisiones. A diferencia de un Fidel Castro, el Comandante se reconoció cristiano y no vio en hacerlo una contradicción con su credo socialista antes bien los encontró conciliables.

En su momento Jacques Maritain en su filosofía de la historia afirmó que el liberalismo y socialismo procedían de la civilización cristiana; en ellos tuvo continuidad desnudada de su contenidos religiosos pero recuperando y enfatizando sus valores e ideales sociales y económicos. Bajo esta lógica no parecía un acto herético apuntalar el socialismo, uno latinoamericano y bolivariano, con un poco de cristianismo. Era remontarlo a sus orígenes. El ateísmo militante e ideológico ya no resultaba rentable. Esto parece haberlo entendido bastante bien Chávez. En cambio podía sacar mejores dividendos a una apropiación o plagio de elementos del discurso religioso cristiano en concreto a la idea de mesías. El mundo y en concreto Venezuela necesitaban ser rescatados; el advenimiento casi providencial de un mesías, de un líder carismático se antojaba pertinente y más entendible para el individuo promedio que las explicaciones marxista acerca de la lucha de clases y de las leyes universales que la animan (el materialismo dialéctico). Tiempos de crisis e incertidumbre reaniman nuestras ideas en un ser supremo.

Construir un estado socialista en los tiempos de una post modernidad  empeñada en darles sepultura a los dogmas políticos no resultó fácil. Chávez lo logró desde un proyecto populista de izquierda que recurría al viejo bolivarismo, el anti-imperialismo y a un cristianismo remozado con la consigna de priorizar a los pobres y marginados justificando dicha elección en la idea de regresar a los  fundamentos sociales y morales del Evangelio.

Más que invasivo con la Iglesia y con el resto de los cultos cristianos, el Estado bolivariano efectuó lo que ya he calificado como plagio o apropiación de su discurso y símbolos; entiendo que a este proceder no se le puede llamar blasfemo o sacrílego: no hubo la intención de burlarse o parodiar las figuras, ideas y rituales religiosos sino de sacarles un provecho secular y temporal; se les empleó como insumo ideológico en la  tarea de robustecer al Estado; en este uso, el líder y sus corifeos  evadieron o pasaron por alto el consentimiento eclesiástico. En realidad, el líder no lo necesitaba, el dogma cristiano ya no es hegemónico en términos políticos ni tienen las iglesias el poder de facto para imponerlo.

 Ya no rivalizan el Estado y las iglesias por la autoridad temporal; de poner a cada quien en su lugar y definir sus competencias se encargó la laicidad. No obstante, el fin de esta rivalidad abonó a la libertad religiosa pero a la vez se resolvió con una pérdida de poder e influencia de la Iglesia sobre la clase política. Situación que, por cierto, como veremos en futuras entregas, ya se estado revirtiendo como lo ejemplifica el caso de Brasil respecto a las otras iglesias las evangélicas y pentecostales.

editor@cccomunicaciones.com.mx

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