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Mucho estorba el que no ayuda

Nuestro Dios es una donación sin reservas, un perdón ilimitado, una relación que promueve y hace crecer… Y el prójimo es la persona que encuentro en el camino de mis días. Papa Francisco

Fernando Díaz de Sandi Mora

Son tantas y tan apremiantes las necesidades que saltan ante nuestros ojos, son tantas las personas a las que podemos hacerles la vida un poco más llevadera, incluso al interior de nuestro propio hogar… Y son tan pocas las personas de ojos abiertos y corazón dispuesto que desafortunadamente la balanza se inclina espantosamente hacia el egoísmo, la prepotencia, la avaricia, la arrogancia y la apatía, una mezcla peligrosa que nos hace ciegos y sordos ante la necesidad que el otro refleja.

La propia vida debería ser siempre un encuentro natural para el amor y el respeto, ahí donde la empatía universal fuera esa fuerza implícita en nuestro corazón, que nos permitiera tener la bondad como máxima expresión. El corazón necesita ojos para ver y libertad interior para sentir.

Hemos aprendido a desarrollar una extraña capacidad para poner pretextos y justificar nuestra indolencia, nuestra falta de cercanía; a diario escondemos en lo más hondo de nuestra alma la capacidad de asombro, ese maravilloso regalo que funciona como un reflector ante las situaciones apremiantes del mundo y de los demás. Hemos creado en nosotros una especie de coraza que impide que el otro se acerque, que nos aísla y nos hace sentir seguros merecedores de lo que tenemos y jueces implacables del que tiene menos, del que la está pasando mal.

Nuestra compasión ha sido remplazada por fotografías o vídeos en las redes sociales donde muchos comparten las variadas y terribles situaciones por las que pasan muchos, miles de personas en todo el mundo. Desviamos la mirada hacia otro lado, ante el dolor humano somos rocas inamovibles que esperan a que el otro haga algo… ¡El otro eres tú, soy yo!

Incluso al interior de nuestras familias, hemos aprendido a ignorar sistemáticamente las necesidades del otro, nos hemos convertido en unos analfabetas, en corazones iletrados sin la capacidad de leer lo que el otro requiere para su bien, hemos torcido la lista de esas necesidades y damos muchas cosas pero dejamos de dar lo más valioso, lo importante, lo realmente necesario: lo mejor de nosotros mismos, la presencia amorosa y paciente de los padres, la convivencia armónica y respetuosa con los hijos; en fin, desde casa  hemos aprendido a vivir “cada quien para su santo”.

No es suficiente con mirar imágenes en internet y sentir lástima, ni con rezar bonito por los que sufren. Es necesario comprometerse desde el corazón y no sólo de palabras. Dejemos de esperar a que haya buenas personas y seamos una de ellas.

Tú puedes ser el milagro que otro está pidiendo. Ayuda con el corazón… o hazte a un lado porque estorbas.

Facebook/Fernando D’ Sandi

Acerca de Rebeca Ortega Camacho

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