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Piedras vivientes

«No basta con pertenecer a una familia muy católica o a una asociación o ser benefactor si no se sigue después de la voluntad de Dios», Papa Francisco (Diciembre 2014)

Fernando Díaz de Sandi Mora

Pareciera que pertenecer a esta Iglesia es pan comido; apenas naces, pasan unos cuantos meses y sin siquiera ser conscientes, un día, en presencia de tus padres, padrinos y otras personas, el Sacerdote moja tu cabeza, perfuman tu pecho y tu frente, ¡y listo!, ya eres miembro de la gran familia católica. ¿Sencillo verdad?

Al menos así ha sucedido con la gran mayoría de los bautizados, de muchos que se autodenominan “creyentes” de la fe católica, es decir, personas que gracias a la preocupación de sus padres, han recibido de manera gratuita y espontánea la oportunidad de ser parte de este credo. Esto es muy bello; más allá de la religión que hablemos, es hermoso que los padres se ocupen de sembrar en los hijos la semilla de la fe y la importancia de una relación con Dios.

Hemos convertido a la iglesia en salón de reuniones familiares de gente que sólo se ve en eventos o funerales, según sea la ocasión; una iglesia en muchas ocasiones secuestrada por grupos divididos, prepotentes y arrogantes que parecen dueños de una verdad absoluta, denigran, critican y rechazan a otras personas o a otros grupos, buscan protagonismo más que servicio auténtico, personas de templo, gente que es “candil de la calle y oscuridad en casa”.

Muchas personas han convertido la iglesia en un club de personas expertas en buscar el “prietito en el arroz”, con el radar encendido para señalar, etiquetar y enjuiciarlo todo, con sentencias implacables, arrojando la piedra como si en ellos no hubiera mancha alguna, con la soberbia de sentirse iluminados y con todo el derecho de aceptar o rechazar a quienes comulgan con sus ideas y no a aquellos, los que de manera temerosa, ignorante y errática buscan acercarse a un Dios en el que creen, a una iglesia que de suyo pertenecen, pero que de pronto nuestras actitudes les cierra la puerta en la cara.

Creo que es tiempo que en la vida cotidiana se note, se perciba y se respire aquello en lo que decimos creer. Que Dios se haga presente en nuestras acciones, que cualquier persona que se cruce en tu camino se vaya mejor de como llegó a tu vida; y si un día preguntan, por qué actúas de esa forma tan humana, tan amable y llena de amor, que hace sentir en paz y da esperanza, simplemente sonrías y digas, con un merecido orgullo: “es que soy hijo de Dios y sólo hago la voluntad de mi padre…”

Acciones, fe hecha vida. Que todo lo que hagamos sea un mensaje que resuene en todo el mundo: “Dios te ama, por eso me puso en tu camino”.

Facebook: Fernando D´ Sandi

Acerca de Rebeca Ortega Camacho

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