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Sábado de Gloria, reflexión

Por: Fernando D’Sandi

Silencio, paciencia y fe…

Acallar la mente y aquietar el corazón mientras la semilla ha sido sepultada en la tierra. Jesús, el Maestro, parece escondido en la penumbra y el frío de una cueva a manera de sepulcro.

Los discípulos, mermados en número y en el alma, se esconden, se quedan resguardados, con sentimientos que chocan entre sí, con más dudas que certezas, con miedo, incertidumbre, desaliento.

Amanece distinto… La voz de Jesús apenas se percibe en los recuerdos de sus mentes aturdidas ante la confusión y el caos de los últimos días. La realidad les abofetea el rostro; la soledad y el vacío les genera ansiedad, pánico, desesperanza. Un intercambio de suspiros, de miradas apagadas, sin hambre, sin sueño, sin parábolas, sin milagros, sin Jesús.

Así se vive sin Dios… Así de oscura y terrible es la vida sin fe. Todo es adverso, todo es miseria, todo es imposible.  

Llevamos tiempo escondidos, con miedo, con una zozobra e inseguridad que nos golpea la vida en todos los sentidos. Sin Dios, como sea que lo quieras ver, estamos incompletos, somos personas a medias, creyentes mediocres, sociedad tibia, aletargada y movida sin rumbo por el rencor, el revanchismo, la intolerancia, la ineptitud y la cerrazón de muchas mentes seducidas de poder y placeres inmediatos y efímeros.

De mucho tiempo a la fecha, casi nadie vive… Somos una retahíla de falsedades, muertos vivientes que deambulan de tienda en tienda, de adicción en adicción, de cama en cama, desconocidos en casa, irreconocibles ante nosotros mismos.

La cruz se quedó vacía… Pero muchos se han quedado en la cruz, muertos, inertes, esperando que la salvación, el bien, la paz, la dignidad, la prosperidad y todo lo bueno y bello de la vida llegue por sí solo, sin esfuerzos, sin constancia y trabajo.

No te confundas. Jesús no está en la cruz. El madero fue apenas un paso, duro, difícil y complicado, pero la cruz no es el destino. No hemos venido a sufrir; no somos herederos de dolor y agonía. Nuestro legado es luminoso, grande, pleno: somos hijos de un Dios lleno de amor que a cada paso nos otorga señales de su misericordia y providencia. Pero muchos se quedan escondidos, confundidos en el ruido de este mundo que invita a la violencia, a la traición, al desmán, al insulto, a la codicia, al desaliento, a la muerte…

Creo en un Dios vivo que vive para que yo viva… Mi espera no será en vano. Contemplo con asombro y gratitud el infinito amor que Dios ha tenido para mí al darme la vida, una madre y un padre, hermanos, amigos, un trabajo, una casa y el recurso para rentarla, alimento, un hermoso mundo, talentos, oportunidades y retos.

Dios me quiere vivo, y yo quiero que Él viva en mí. Pronto esta cruz pasará, y todos podremos salir a contemplar el nuevo mundo que nos aguarda al otro lado de todos los males de este mundo. Todo será distinto, espero que tú también; porque si no cambiamos, si no hacemos mejor las cosas, este sacrificio habrá sido en vano.

Contempla y espera en silencio, con paciencia y lleno de fe. Dios está por surgir de la oscuridad para llevarnos a la luz….

Acerca de David Hernandez

Lic. en Filosofía por el Seminario de Guadalajara | Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Veracruz | Especialista en temas religiosos | Social Media Manager

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