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Utopía vs. Distopía

Pbro. Alfonso Rocha Torres

Mantenemos con los artefactos una relación contradictoria entre el aprecio y el recelo. Construimos una edificación que enorgullece y al mismo tiempo causa miedo. Explica Antonio Rodríguez de las Heras, en el suplemento Retina, del periódico Español, El País.

Si la utopía es el lugar de toda la felicidad, el más agradable e ideal, la distopía es su contrario, el lugar de la infelicidad, donde sucede lo que más nos puede desagradar. Hoy ya el cine y la literatura presentan distopías y no utopías.

Es singular lo que nos está sucediendo a los humanos. Nos definimos desde el principio como hacedores infatigables de un mundo artificial que la naturaleza, sin nosotros, no podría levantar, pero al mismo tiempo que lo construimos sin descanso lo vamos sintiendo más extraño. Reconocemos que la edificación que hacemos es  magnífica, imprescindible, pero con rincones temerosos, con pasillos por los que no queremos transitar a pesar de que este palacio es todo él obra nuestra.

Encerrados y temerosos, confundidos, nos acurrucamos para escuchar historias que nos hablen de estas estancias oscuras y de los pasillos interminables y laberínticos. Parece que preferimos que nos aviven estos miedos, pues de este modo justificamos nuestra resistencia a transitar por pasillos y estancias, para comprobar si son laberintos de perdición y umbrales sin retorno.

Las historias distópicas son hoy muy numerosas y bien recibidas por los moradores de esta construcción que ha crecido tan desmesuradamente en los últimos tiempos. Las distopías tecnológicas se alimentan al menos de tres incertidumbres que contiene la creación artificial —desde una piedra tallada a un robot—, de tres misterios que encierran los muros de un edificio, ya inconmensurable, que nosotros mismos estamos levantando desde dentro.

Miedo a la extraversión

Uno de estos misterios está en que todo lo que construimos artificialmente es el resultado de la extraversión que por nuestra naturaleza humana poseemos. Dejamos así en un artefacto aquello que hacemos naturalmente y para lo que nos ha capacitado la evolución natural. Como hemos llegado a tal extraversión en un mundo artificial nos preguntamos si no vamos hacia el vaciamiento de nuestra naturaleza, a ir perdiendo más y más capacidades y, en consecuencia, a ser torpes y dependientes de los aparatos. Un entorno artificial que terminaría por abducirnos. Si el miedo no nos hace cerrar los ojos veríamos que esta potente y continua extraversión no es solo vaciamiento, sino oportunidad de que por esos «huecos» emerjan otras capacidades todavía más específicas y potentes de nuestra humanidad, y que hasta ahora estaban sofocadas por aquellas que hemos transferido a los artefactos.

Miedo a la amplificación y el descontrol

Otra incertidumbre radica en que cualquier artefacto amplifica la acción de la capacidad natural que le hemos transferido. Funciona con más rapidez que nuestro andar, carga mucho más que nuestras espaldas, golpea más fuerte que nuestro brazo, manipula con más precisión y agilidad que nuestros dedos, nos hace ver mucho más allá que nuestros ojos, calcula un volumen de operaciones y a una velocidad y fiabilidad inalcanzables por el cerebro, recuerda, resiste, trabaja, vigila… y decide. Hasta ahora el temor estaba en qué manos y voluntad quedaba esta amplificación, casi de magia, de las acciones del ser humano, porque el poder se haría descomunal. Pero hoy la inteligencia artificial ya anuncia que nos encontramos con la posibilidad de comenzar a trasladar fuera lo más íntimo que el humano guardaba como propio, a confiar en lo artificial decisiones e intervenciones cargadas de responsabilidad, y que hasta el momento las contenía nuestra conciencia. Y el recelo no está solo en la transferencia de estas acciones, sino en la seguridad de que también se amplificarán… ¿hasta que perdamos su control? Las distopías nos acercan a este abismo vertiginoso.

Miedo a icoroporar en mi humanidad lo artificial

Y, finalmente, el tercer misterio en el que nos encierra el mundo tecnológico e inspira las distopías es el de la incorporación de lo artificial, es decir, la introducción en nuestro cuerpo, recinto de nuestra naturaleza, de lo que creamos artificialmente fuera. Desde los tatuajes en tantas culturas que han existido o las perforaciones, las trepanaciones, hemos traspasado la frontera de lo natural del cuerpo hasta llegar a las operaciones, los implantes y trasplantes, pero ninguna injerencia comparable al abismo que nos abre el genoma y el vértigo de su alteración. Nada más artificial que manipular directamente la construcción para la que la evolución ha necesitado una existencia, la de este planeta. La alquimia de nuestra transmutación genética brota a borbotones en los relatos distópicos. 

Siempre nos quedará la duda de si las distopías son advertencias que no hay que desatender o leyendas que nos agarrotan con la más inmovilizadora de las ataduras: el miedo. Un reto de contención y de atención para saber desvelar las que nos llevan por uno u otro camino.

COMENTARIOS:                vivirenlapantalla@gmail.com

PARA SABER MÁS:          www.retina.elpais.com

Acerca de David Hernandez

Lic. en Filosofía por el Seminario de Guadalajara | Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Veracruz | Especialista en temas religiosos | Social Media Manager

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