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Viernes Santo, reflexión

Por: Fernando D’Sandi

La necedad humana alcanzó límites jamás imaginados. Nadie ve, nadie escucha, todos actúan impulsados por un espíritu hueco y vacío que nos sumerge en una inercia de dolor y sufrimiento.

Derribamos al árbol que nos daba sombra, sembramos espinas y nos descalzamos los pies para transitar sin rumbo, montados en el monte de nuestro egoísmo. Azotados, los unos a los otros, escupiendo mentiras, vociferando, increpando al otro, juzgando y condenando, siempre condenando, jueces implacables que se lavan las manos bajo argumentos de modernidad, de ideologías a modo. Pero la verdad está ahí, doliendo, martirizando: hemos condenado a un inocente.

En la cruz están colgadas las miserias del que acapara, del que arrebata; los clavos han fijado al madero la soberbia y la ineptitud de quienes presumen dirigirnos. Una corona punzante de incertidumbre nos agobia en medio de la oscuridad de truculentas artimañas que a unos libera y a otros envía a la desesperanza.

En medio de la tragedia, algunos hacen fiesta, alarde de ignorancia e imprudencia que a todos nos pone en el camino lleno de cruces. Unos mueren de hambruna, otros a manos de machismo o cualquier otro “ismo”, algunos mueren de arrogancia, unos más por avaricia, y otros tantos por tontos, por cerrar la mente y endurecer el corazón.

He aquí al hombre… Al que es tu hermano, al que golpea el hambre, al que se le han cerrado las puertas.

He aquí al hombre… Encarnado en la mujer que se lamenta al cese de funciones en el trabajo.

He aquí al hombre… Escondido bajo la bata y el cubrebocas improvisado para afanarse día y noche en curar al que se contagió de un virus por un despreocupado.

He aquí al hombre, al Maestro, al que siempre hizo el bien, al que habló con la verdad, al que lavó los pies, al que ordenó amor a todos, al que lo perdonó todo.

He aquí al hombre… Muerto, inerte, herido e injuriado, maltratado por una humanidad cada vez menos humana.

Ojalá que en esa cruz muera algo de cada uno, lo peor, el lado más oscuro, la amenaza que somos para otros o para sí mismos.

Que no se muera solo. Algo de nosotros debe morir con Él, con la esperanza de despertar y renacer de esta pesadilla.

Pero por lo pronto… Todo está consumado. He aquí al hombre.

Y en medio de este torbellino de adversidades y situaciones desfavorables, puestos en la cruz con Cristo, gritemos a una voz: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Acerca de David Hernandez

Lic. en Filosofía por el Seminario de Guadalajara | Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Veracruz | Especialista en temas religiosos | Social Media Manager

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