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“Yo no voy a ser ningún inválido”

Pbro. José Luis González Santoscoy

En un pequeño poblado de la ciudad de Kansas, Estados Unidos, había una escuela rural muy pobre. Algunos alumnos se turnaban cada mañana para llegar temprano al salón a encender una vieja estufa de carbón que calentaba el aula, antes de que sus compañeros llegaran.

Una mañana le tocó el turno a Glenn de tan solo siete años junto con dos de sus hermanos, pero las cosas se salieron de control. El día anterior hubo una reunión en el colegio y alguien dejó una lata de gasolina que utilizaban para llenar sus lámparas por la noche. Su hermano Floid, tomó esa lata creyendo que era el queroseno que utilizaban diariamente para la estufa y al verterla provocó una gran explosión y un fuerte incendio.

El accidente provocó que la escuela fuera arrasada por las llamas. Al llegar el resto del grupo, lograron sacar al pequeño en estado inconsciente. Según los médicos, el fuego voraz había provocado graves quemaduras en ambas piernas. El médico que lo atendió dijo que su vida corría peligro y, debido a la infección en sus piernas, era muy probable que tuvieran que amputárselas.

Ya, en el hospital, Glenn escuchó que alguien le dijo a su madre que se hiciera la idea de que su hijo quedaría inválido por el resto de su vida. Glenn había perdido el músculo de sus rodillas y espinillas e incluso todos los dedos del pie izquierdo, debido a que el fuego destrozó sus extremidades inferiores, no podría volver a caminar por sí mismo. El pequeño, además de esforzarse por sobrevivir, se prometió a sí mismo que volvería a caminar, según las palabras del mismo Glenn:

“Creo que fue en ese momento que tomé una de las decisiones más importantes de mi vida. Cuando mi madre regresó, le dije: “yo no voy a ser ningún inválido, esa señora está mal”. Afortunadamente mi madre hizo algo que siempre estaré agradecido. Ella me dio un beso y me dijo: “Lo sé, Glenn. Ella se equivoca”. Recuerdo haberme dicho una y otra vez: “¡Voy a caminar! ¡Andaré!””.

Cuando fue dado de alta, descubrió que sus piernas no respondían a sus esfuerzos por mantenerse de pie. Su madre que conservaba la esperanza de verlo andar por sí solo, todas las noches le masajeaba ambos muslos por largos ratos, pero parecía inútil pues no había sensación alguna. A pesar de eso, Glenn no perdía la esperanza de ponerse de pie otra vez.

El pequeño pasaba los días en una silla de ruedas en el patio de su casa, hasta que una tarde, ahogado en desesperación, se dejó caer en el pasto y comenzó a arrastrarse por el césped hasta llegar a los postes que cercaban el jardín. Una vez que pudo ponerse de pie, se sujetaba en cada poste y con mucho esfuerzo intentaba mover sus piernas.

Todos los días repetía este ejercicio hasta que poco a poco sus pies comenzaban a responder. Pasó el tiempo y gracias a su perseverancia, con los masajes y las oraciones de su madre, logró primero ponerse de pie, luego caminar y finalmente pudo correr.

Una vez que recuperó sus actividades disfrutaba correr de camino a la escuela. Hasta se animó a inscribirse en el equipo de carrera sobre pista de su universidad. Este joven que ante los diagnósticos médicos no podría volver a caminar se convirtió en el mejor atleta americano. En 1933 recibió el premio James E. Sullivan como el mejor deportista amateur en los Estados Unidos. Y después, en el Madison Square Garden en 1934 batió el record del mundo corriendo la milla en el menor tiempo posible. Fue mejor conocido como Glenn Cunningham, el caballo de hierro de Kansas.

Amigos, los límites son humanos, pero para quien tiene confianza en sí mismo y en Dios, podrá alcanzar todo lo que se proponga. Habrá que poner esfuerzo y dedicación. No te desesperes, mejor confía. No olvides lo que dice la Palabra de Dios: “Los que en Él confían recuperan fuerzas, y les crecen alas como de águilas. Correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse” (Is 40, 31).

Facebook: Padre José Luis González Santoscoy

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