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Cuatro directores míticos

Sergio Padilla Moreno

Gracias a los primeros medios de registro sonoro, muchos de los conciertos de los más grandes directores de orquesta de la primera mitad del siglo XX adquirieron impronta de eternidad a través de míticas grabaciones que son, hoy en día, documentos artísticos invaluables. Incluso, a pesar de que el registro se haya hecho en los arcaicos sonidos monoaurales de las primeras grabaciones discográficas, para los conocedores de la música el criterio a apreciar no es el sonido, sino el arte de aquellos directores de orquesta.

¿Qué hizo grande a tales maestros? Los factores a considerar son muchos: dominio absoluto del repertorio que abordaron, sentido interpretativo y estilo particular que les permitió mostrar las diversas riquezas de cada compositor, maestría técnica para resolver los problemas propios de cada obra, liderazgo –tiranía dirían algunos- para concertar el arte de los músicos con los que trabajaron, etcétera. Aquellas míticas batutas forjaron uno de los más profundos símbolos de la historia de la música: el director de orquesta. Conozcamos a cuatro de ellos.

El mítico director de orquesta italiano Arturo Toscanini (1867-1957) es considerado como uno de los más grandes músicos del siglo XX. Hombre intenso, de admirable memoria, exigente en cuando a la perfección interpretativa y poseedor de una autoridad que rayaba en la tiranía. Sus interpretaciones se ajustaban a lo indicado por el compositor, haciendo a un lado cualquier efecto artificial. Dirigió varias orquestas y las más importantes casas de ópera del mundo; en 1937 fundó la orquesta de la NBC.

El director Wilhelm Furtwängler (1886-1954) fue, como dice Hans Jungheinrich, “prototipo del director de orquesta alemán surgido del espíritu de la filosofía idealista y el Romanticismo”. Fue un artista apreciado durante el Tercer Reich, por lo que cargó siempre con ese estigma. Como músico se centró en el repertorio clásico alemán: Beethoven, Brahms, Schumann y algunas pocas óperas. La crítica reconoce que sus mejores grabaciones no fueron las que hizo en estudio, sino las que se registraron en vivo.

Erich Kleiber (1890-1956), vienés de nacimiento, pero que después fue reconocido como una de las grandes batutas de Alemania, se caracterizó por la amplitud de su repertorio. En 1926 estrenó una obra que parecía imposible de interpretar: la ópera Wozzeck de Alban Berg, lo que le dio fama de músico tesonero y abierto a nuevos lenguajes, así como poseedor de una inigualable maestría técnica, respetuoso de la perfección en los detalles y de una notable capacidad para obtener lo mejor de sus músicos.

El director berlinés Bruno Walter (1876-1962), fue reconocido como un artista que, además de su gran talento musical, fue casi un filósofo o un sacerdote del arte. Músico sensible y profundo, tuvo un amplio repertorio que le llevó a recrear de manera memorable las mejores páginas de Mozart, Beethoven y Brahms. Su intuición le llevó a apreciar y apoyar la música de Gustav Mahler.

padilla@iteso.mx

Beethoven Symphony No. 5 -Arturo Toscanini-NBC

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