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José Carreras y su sí a la vida

Sergio Padilla Moreno

Durante tres mundiales de futbol (1990, 1994 y 1998), se reunieron los tres más grandes tenores del momento en magnos conciertos que fueron vistos por muchos espectadores. Se trataba de Plácido Domingo, Luciano Pavarotti (qepd) y José Carreras. Y precisamente nos acordaremos hoy de este último -quien nació en Barcelona en 1946- pues un día como hoy, pero de 1988, regresó a los escenarios después de enfrentar y superar la leucemia que lo aquejó en el mejor momento de su carrera operística.

Una grave enfermedad siempre será un acontecimiento que cimbra nuestras más profundas convicciones y sentido de vida, pues nos genera múltiples y legítimas preguntas, tal como pasaba en tiempos de Jesús cuando, por ejemplo, sus discípulos le preguntaron sobre el ciego de nacimiento: «Maestro, ¿quién ha pecado para que esté ciego: él o sus padres?» (Juan 9, 2). José Carreras comentó que pasó por todas las difíciles etapas, desde preguntar ¿por qué a mí?, hasta la aceptación de su enfermedad. Pero después pudo ver el sentido de su experiencia: «Tuve la suerte de quedar curado de la leucemia y logré encontrar el lado positivo del dolor: hoy puedo decir que he cambiado, que he modificado la escala de las prioridades en la vida». A partir ello el tenor catalán proyectó la Fundación José Carreras, pues, como dice él mismo: «Uno de los objetivos más importantes en mi vida es hacer todo lo posible, todo lo que esté en mis manos para conseguir que la leucemia sea curable para todos y en todos los casos. La Fundación ha contribuido en gran medida a dar sentido a mi vida como ser humano».

Volviendo al pasaje del evangelio de Juan, y teniendo el testimonio de vida de José Carreras, resuena la voz de Jesús: “No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9, 3). Como dice el benedictino alemán Anselm Grün: “En un sentido elemental es la convicción de que yo no estoy solo con mi enfermedad, sino que estoy en las manos de Dios. Y creo que el espíritu de Dios, que sana y santifica, penetra en mí y en las zonas enfermas de mi cuerpo inundándolo todo de luz y de amor. Yo presento mi enfermedad a Dios en la confianza de que su espíritu penetra con su virtud curativa en mis heridas […] Jesús curó enfermos que le habían demostrado su confianza en la curación. Pero la sanación fue siempre el resultado del encuentro.” El propio Carreras comentó en una entrevista: “Me puse en las manos de un extraordinario equipo científico, tuve la ayuda de mi familia, de la gente, pero al final la ayuda que viene de arriba es lo que realmente cuenta”.

padilla@iteso.mx

Josep Carreras Back to Viena 1988

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