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Pasó haciendo el bien (Hechos 10,38) / Fotografía: Archivo

Pasos para ser un ejemplo de vida

Sergio Padilla Moreno

Uno de los rasgos más significativos de la vida de Jesús de Nazaret fue su vida oculta, tiempo en que simplemente trabajó como humilde carpintero, mientras el Espíritu lo iba preparando para la misión que el Padre le había encomendado.

Seguramente, cuando el apóstol Pedro se refirió a Jesús como quien “pasó haciendo el bien” (Hechos 10,38), tenía en mente no solo su vida pública, sino también los testimonios recogidos por los testigos de esta larga etapa de su vida oculta y ordinaria.

Es entonces que la vida sencilla, la familia y el trabajo constituyen un camino privilegiado de seguimiento de Jesús, tal como lo hizo el maestro Domingo Lobato Bañales, de quien también podemos decir, ahora que celebramos el centenario de su nacimiento, que fue un hombre, artista y padre de familia que pasó haciendo el bien.

¿Quién fue?

Domingo Lobato nació el 4 de agosto de 1920 en el poblado de San Agustín del Pulque, Michoacán, aunque fue registrado como nacido en Morelia. Desde muy pequeño demostró vocación para la música. Perteneció inicialmente al coro del templo de San Juan Evangelista.

Más tarde fue invitado al Coro de Niños de la Catedral de Morelia, donde el Sr. Canónigo P. José Luis Villaseñor, fue su mecenas. Durante esos años de niñez Domingo Lobato fue testigo de la Cristiada y eso marcó su fe, pues toda su vida fue un hombre creyente y practicante, tal como lo recuerda su hijo mayor José Domingo Lobato Camargo, quien se ha dado a la tarea de organizar y preservar el legado de su padre.

En sus años de estudio fue discípulo del reconocido compositor michoacano Miguel Bernal Jiménez, quien el año de 1946 lo recomendó al entonces arzobispo de Guadalajara, José Garibi Rivera y al P. Manuel de Jesús Aréchiga, para que se integrara como profesor y director de la joven Escuela de Música Sacra de la Arquidiócesis.

Antes de cambiar su residencia de Morelia a esta ciudad, se casó con Adelita Camargo, con quien procreó quince hijos, los cuales, curiosamente, ninguno se dedicó a la música. Durante esos primeros años en Guadalajara, el maestro Lobato logró consolidar un proyecto de formación musical que recogió y unificó los esfuerzos que, durante muchos años, se hicieron de modo disperso en diversas academias en la ciudad.

Su legado

En opinión del musicólogo Eduardo Escoto Robledo, la labor de gestión del maestro Lobato al institucionalizar la formación musical, fue uno de sus más grandes legados a la cultura local. Desde 1956 y hasta 1973, fue director de la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara y durante muchos años fue profesor de la Escuela Superior Diocesana de Música Sagrada en Guadalajara, donde dio clases hasta una semana antes de morir, el 5 de noviembre de 2012.

Además de gestor, el maestro Domingo Lobato fue un extraordinario profesor. La soprano Dolores Moreno Azpeitia, quien fuera su discípula, recuerda que “era un gran maestro, muy paciente y dedicado al proceso formativo de sus estudiantes; siempre se daba tiempo para responder a las dudas y, frecuentemente, recibía a los alumnos en su casa para ayudarles a la consolidación en los temas de estudio

También destacó por su calidad humana, pues Dolores Moreno recuerda: “cuando estuve enferma siempre estuvo al pendiente de mi convalecencia, mostrándose cálido y cercano; era como un padre.” Sería muy largo dar la lista de los músicos destacados que pasaron por las manos del maestro Lobato, pero por mencionar algunos habrá que recordar a Hermilio Hernández, Víctor Manuel Amaral, Francisco Orozco, José Guadalupe Flores, Francisco Xavier Hernández, Leonor Montijo e Irma González, entre muchos otros.

Su pasión plasmada en notas

Un tercer aspecto a destacar del maestro Lobato fue su labor como compositor. Tanto Eduardo Escoto como Dolores Moreno coinciden que fue un creador que tendrá que ser reconocido como uno de los máximos exponentes de la música en lenguajes de vanguardia, pues muchas de sus composiciones, tanto sacras como profanas, las hizo desde el atonalismo, el serialismo y el dodecafonismo, aunque también dominó los lenguajes musicales del siglo XIX y la técnica del canto gregoriano.

Su pasión como compositor la transmitía a sus estudiantes, a quienes animaba, según recuerda Dolores Moreno, “a ver la composición como un modo de dejar un legado, a salir de sí y expresar lo que se trae por dentro. Aunque también cuidaba que técnicamente las composiciones tuvieran la armonía bien cimentada.” El catálogo de sus obras es muy amplio y todavía está en proceso de organización, pero ya se pueden consultar los avances en http://domingolobato.com/obra/

Otros rasgos que definieron al maestro Lobato fueron su amor a México, su humildad y su sensibilidad para contemplar la naturaleza. Su hijo José Domingo lo recuerda como un hombre recio y justo, que no toleraba ningún tipo de engaño y deshonestidad; además de que era una persona que notoriamente disfrutaba la comida que le preparaba su amada esposa, así como la cerveza que, durante muchos años, se tomaba antes de comer.

Acerca de Monserrat Cuevas

Lic. Ciencias de la Comunicación | Reportera en Acción | Temas sociales, busco historias de vida que contar.

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