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Cultivarte: Pasarle factura al Patrimonio

Pbro. Tomás de Híjar Ornelas

El sábado 8 de septiembre del año en curso 2019, el ángulo exterior sudeste de los muros perimetrales del templo de San Felipe Neri de Guadalajara, que hacen esquina en la intersección de las calles de Reforma y San Felipe, adosado, pues, a la Preparatoria de Jalisco y al Edificio Arróniz, donde ahora despacha la Secretaría de Cultura, amaneció manchada con pintura de esmalte. Según informó un respetable vecino del lugar, el responsable de la fechoría fue un maleante que por allí merodea para hacer tales estropicios. Le apodan ‘El Siglo’, está minusválido y se ha especializado en estos actos vandálicos sin que hasta hoy alguien lo remedie.

Un condenable atentado barbárico

Templo San Felipe Neri

Haber ensuciado el ángulo sudeste de un edificio muy antiguo cuando no han pasado muchos meses de que fue integralmente restaurado gracias a un proceso fatigoso, lento y caro, posible gracias al mecenazgo de la asociación civil Adopte una Obra de Arte con la arqueóloga María Irma Iturbide al frente; causarle daños graves a algunos sillares del monumento barroco más preclaro de la capital de Jalisco, edificado a finales del siglo XVIII por indios canteros del pueblo de San Miguel de Mezquitán, bajo la dirección del maestro Pedro Ciprés, usando como materia prima esa roca ígnea, ligera y porosa del Valle de Atemajac que acá denominamos ‘cantera dorada’, en nada remedia el daño irreversible que ya implica limpiar el grafiti en un material tan deleznable como lo es la toba o tufo volcánico.

Aniquilar el patrimonio edificado

Lo que sí nos da es ocasión de reflexionar en torno a una de las formas que nuestro tiempo ha implementado para borrar las huellas de la identidad: aniquilar el patrimonio edificado.

                Una pinta o grafiti es mucho menos lesivo a un entorno patrimonial que la puesta en obra de un ‘desarrollo’ urbano. Se reduce a un acto transgresor la más de las veces que consiste en realizar una inscripción o dibujo en un lugar público –paredes, esculturas, estatuas–, sin el consentimiento del propietario o del custodio del soporte de la pinta.

Ahora bien,  entre un acto barbárico como el hasta aquí descrito y uno de repudio a la violencia de género en México, como lo fue pintarrajear la Columna de la Independencia y su escalinata, hay una diferencia y una explicación enormes pero aleatorias: la de pasarle la factura del desorden social al patrimonio edificado.

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