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Jesús, el más miserable

Rafael González Aréchiga Cortés

En la gran mayoría, si no es que en todos, los íconos sobre la figura de Jesucristo, se le ve, cuando peor, como un hombre sencillo, no pobre, sino con carencias que se pueden resolver siendo, en teoría, el hijo de Dios (o de un dios al menos).  Sin embargo, las carencias que tuvo, desde su inicio, me llevan a pensar en el gusto de Dios, por lo miserable.

Empezaré con Abraham y Sarah. El profeta Ezequiel lo dice así: “¡Jerusalem! […] Tu padre era amorreo y tu madre era hitita. El día en que naciste […] te arrojaron a campo abierto, asqueados de ti […] te vi chapoteando en tu propia sangre. […] Te bañé, te limpié la sangre y te ungí con aceite. Te vestí de bordado, te calcé de masopa; te ceñí de lino, te revestí de seda”.

Ni José ni María tenían dinero, así lo menciona Lucas: “Subieron con él a Jerusalén para presentarlo delante de Yahvé […] Y ofrecieron […] Dos tórtolas o dos pichones de paloma”; tal era la costumbre como lo prescribía la ley en el Levítico: “… ella le llevará al sacerdote una oveja […] Pero si ella no tiene lo suficiente para ofrecer una oveja, entonces debe llevar dos tórtolas o dos pichones de paloma”.

   Más adelante en la narración de su vida, el evangelista Mateo dice lo siguiente: ”Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nido, mas el hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”.

 No pareciera que tuviese la posibilidad de estudio (en este caso la Torá) y así lo hacen ver Marcos y Juan, en especial Marcos cuando menciona,  “¿Dónde obtuvo éste tales cosas y cuál es esta sabiduría que le ha sido dada? […] ¿No es este el carpintero, el hijo de María y hermano de Jacob, José, Judá y Simón?”

  Ya  en los salmos se mencionaba lo miserable de su fin: “Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres y despreciado del pueblo. Todos los que me ven me encarnecen. […] Repartieron entre sí mis vestiduras y sobre mi ropa echaron suertes”.

  También nos lo confirma Isaías: “Di mi espalda a los que me herían y mis mejillas a los que me arranaban la barba […] y con los transgresores fui condenado.”   Después de todo, al parecer, eso es lo que le agrada a Dios.

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

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