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Los abuelos son una riqueza

En contra parte, ser anciano en el contexto cultural de la postmodernidad es hacer referencia a alguien sin voz.

Román Ramírez Carrillo

La ancianidad, para las sociedades antiguas, ha sido objeto de veneración sin lugar a dudas. Ser anciano era sinónimo de ser sabio, por aquello de la sabiduría que proveen los años vividos y la experiencia. El viejo era no sólo querido, sino muchas veces consultado como fuente de objetividad, capaz de resolver las cuestiones más difíciles que demandaran su juicio y su consejo.

Muchas instituciones describen a la ancianidad como un bien, no como una “desgracia”. Aún en el seno de muchas familias hay exclusión de abuelos y familiares mayores. Los asilos y los geriátricos se han convertido en verdaderos “depósitos de viejos”.

Una acción social a favor de los abuelos, está llamada a responder a las expectativas de participación de los ancianos, valorando el “don” que ellos representan como testigos de las tradiciones culturales y maestros de vida.

Las canas, los cabellos blancos, implicaban reverencia, respeto, reconocimiento y atención. Pero las sociedades modernas, más cultas y más civilizadas han marginado a los abuelos. Ser viejo significa estar en la cuenta regresiva esperando el desenlace. Ser viejo significa estar fuera de juego. Ser viejo es haber hecho ya la propia vida, y ahora sentarse sólo a ver cómo viven los otros, los jóvenes, a los que tienen todavía un lugar en el mundo.

Son ellos y somos nosotros

El abuelo y el anciano no son extraterrestres, como los consideran los millenials. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, aunque no pensemos en ello. En estos tiempos de la globalización, los ancianos son un estorbo.

El escritor argentino Adolfo Bioy Casares en su novela El diario de la guerra del cerdo, describe en su género fantástico, a una hipotética sociedad del futuro que mataba a las personas mayores.

Plantea que los jóvenes matan a los ancianos, “por odio contra el viejo que van a ser”. Y narra que a través de esta guerra los jóvenes entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven. Metafóricamente, matar a un viejo “equivale a suicidarse”.

Respetar su sabiduría

En nuestro entorno, en algunos años, los viejos serán un número importante, que con su voto, serán capaces, de decidir procesos electorales.

Respetemos a los abuelos, sus derechos y apreciemos su experiencia, porque la tienen. Hay que cuidarlos porque ellos nos cuidaron a nosotros.

Hace falta en nuestra sociedad tapatía una cultura de inclusión y respeto de las personas adultas mayores; Se necesitan abrir espacios para el intercambio generacional. Garantizar sus derechos humanos; y sobre todo, hace falta que estén presentes los ancianos en la agenda pública ciudadana de Jalisco con políticas, programas y presupuesto suficiente  para su atención.

Las políticas públicas de atención a las personas de la tercera edad, tendrán éxito si se fundamentan en los valores humanos y morales de quienes las apliquen y en este rubro, el camino por recorrer aún es de largo aliento.

El Papa Francisco señala que los ancianos son una riqueza, y que no se pueden ignorar, “porque esta civilización seguirá adelante sólo si sabe respetar su sensatez y su sabiduría” 

Abandono y maltrato

El INEGI señala que en Jalisco, más del 9 por ciento de la población es de adultos mayores, es decir, alrededor de 800 mil personas son mayores de 60 años, y según las autoridades gubernamentales, cada mes se registra el abandono de uno o dos adultos mayores en los centros de salud; son personas con nombre y apellido, que viven en la pobreza, que tienen pocas oportunidades de empleo, y muchos de ellos son maltratados por sus familiares.

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

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