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Misa de Requiem de Mozart, obra profunda y enigmática

Conjuga el dramatismo y la sensibilidad, dando como resultado una obra que recoge la angustia del compositor ante la muerte. El mismo Papa Benedicto XVI la ha calificado como “una meditación, dramática y serena, sobre la muerte”.

Sergio Padilla Moreno

Las composiciones que toman como base la liturgia católica de la Misa de difuntos, ocupan un lugar significativo dentro del vasto género de la música sacra; de entre todas ellas, el Requiem de W.A. Mozart (1756-1791) es una de los más conocidos.

Sin duda, llama la atención que cinco meses de trabajo no le hayan bastado para completarla (la obra quedó inconclusa pues el compositor fue sorprendido por la muerte), cuando se sabía que Mozart era capaz de escribir una ópera entera en pocos días. Como quiera que haya sido, en el Requiem Mozart utilizó su extraordinario talento dramático y la sensibilidad de su propio espíritu para crear una obra profunda y enigmática.

Su estructura

El Requiem está compuesto para cuatro solistas (tenor, bajo, soprano y contralto), coro y orquesta completa. Mozart pudo completar solamente la parte introductoria, donde el coro entona el Requiem aeternam dona eis, Domine, además del Kyrie y la Secuentia, parte formada por seis secciones: Dies Irae, Tuba Mirum, Rex Tremendae, Recordare, Confutatis y Lacrimosa. Cada una de estas partes es de un tremendo dramatismo y recogen la angustia del compositor ante la muerte, la ira de Dios y el juicio final, dejando entrever un apego desesperado a la vida. La parte final de la Secuentia, es decir, la Lacrimosa es de una belleza arrebatadora, reflejo del alma que se entrega a su último e ineludible destino final: “Dona eis requiem, Amen”, considerado por muchos como una de las páginas más dramáticas de la música en Occidente. El resto de la obra fue completada por Franz X. Süssmayer, alumno del compositor, a partir de los apuntes y bosquejos dejados por el propio Mozart.

Logra mover el espíritu

El propio Papa Benedicto XVI, al final de un concierto donde se interpretó esta obra, compartió un recuerdo de su infancia de una vez que escuchó el Requiem: “percibía en el corazón que un rayo de la belleza del cielo me había alcanzado. Pruebo esta sensación hoy todavía, siempre que escucho esta gran meditación, dramática y serena, sobre la muerte.” Después agregó: “En Mozart todo está en perfecta armonía, cada nota y cada frase musical; los opuestos se reconcilian y la ‘serenidad mozartiana’ envuelve todo. Es un don de la gracia de Dios, pero también el fruto de la fe viva de Mozart que, sobre todo en su música sacra, consigue reflejar la respuesta luminosa del amor divino que da esperanza incluso cuando la vida humana está lacerada por el sufrimiento y la muerte.”

El misterio que envuelve a la obra

La Misa de Requiem de Mozart ha estado marcada por un sinnúmero de leyendas e historias que la hacen todavía más enigmática: se habla de un misterioso personaje que un día de junio de 1791 le pidió a Mozart una Misa de difuntos para un familiar suyo. Dado el precario estado de salud y las dificultades económicas que sufría el compositor, la solicitud de esta obra le hicieron pensar que escribía su propio requiem. Y por si faltara algo más para alimentar la leyenda, la obra quedó inconclusa, ya que la muerte sorprendió a Mozart el 5 de diciembre de 1791.

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara –padilla@iteso.mx

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