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“Padre me pongo en tus manos”

Los tiempos difíciles nos recuerdan que Dios no nos abandona. En medio de las angustias, la oración puede salvarnos.

Sergio Padilla Moreno

Hay canciones que marcan y mueven hondas fibras cada vez que se vuelve a ellas. Hace unos días escuché una que, tiempo atrás, me iluminó en tiempos difíciles y que vuelve a ser para mí un mensaje de luz y esperanza para los momentos de angustia que ahora vivimos como humanidad. Me refiero a la canción que da título a este texto y que fue parte de un disco que hace varias décadas grabaron los Misioneros del Espíritu Santo, la cual recoge la llamada “oración del abandono” del beato Charles de Foucauld. Comparto algunas reflexiones sobre lo que nos puede iluminar esta canción.

Ahora que la pandemia se hace larga y que vamos constatando que las cosas que constituían nuestra normalidad están cada vez más lejanas, muchos nos vamos sintiendo agobiados y angustiados. La Constitución Pastoral Gaudium et Spes, surgida en el Concilio Vaticano II, nos recuerda que el tema de la angustia resuena en el corazón de la Iglesia: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”.

CONFIAR EN DIOS EN TODO MOMENTO

¿Qué es lo que nos angustia? Pueden ser un gran número de causas, pero una de ellas es constatar que nuestras posibilidades y capacidades de incidir y transformar esta realidad que nos afecta, es muy limitada. Nos resistimos a la rendición de nuestra voluntad y bajar los brazos, pero tampoco estamos dispuestos a huir y evadir los retos que la deshumanización impone a nuestro mundo y que claramente expone el Papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti.

Es precisamente en esta desolación donde podemos acudir a la oración de Foucauld: ¡Padre me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea ¡te doy gracias! Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo…” Para entenderlo mejor, asomémonos a la experiencia de apertura y rendición de la propia voluntad al proyecto de Dios que marcó hondamente a San Ignacio de Loyola, pues lo dispuso a la gracia de iluminación que recibió en el río Cardoner, cuando se le “abrieron los ojos del entendimiento y con esto una iluminación tan grande, que le parecían nuevas todas las cosas”.

SEGUIR EL EJEMPLO DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

El P. José Ignacio Tellechea, en su libro “Ignacio de Loyola, solo y a pie”, nos habla de un momento fuerte de angustia que vivió Ignacio y que lo llevó a la “crisis de esperanza, el vacío existencial, la pérdida de sentido, la antesala de la rendición de la voluntad.”

Continúa diciendo el P. Tellechea: “Justamente en el momento en que reconoció que no poseía las riendas de su vida, en que no puso su confianza en sí mismo, se produjo el tránsito inesperado y ya no esperado” que lo dispuso a la iluminación del Cardoner. Ignacio dejó a Dios ser Dios y actuó en consecuencia. Aquí está la invitación para trascender nuestras angustias.

El autor es académico del ITESO, Universidad de Guadalajara – padilla@iteso.mx

MISIONEROS DEL ESPIRITU SANTO/ PADRE ME PONGO EN TUS MANOS

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2 Comentarios

  1. Josefina Esperón Arjona

    Muchas gracias por reafirmar la importancia tan grande de la oración

  2. Gracias Sergio. Una reflexión oportuna para un tiempo difícil. Nada nos hace sufrir tanto como resistirnos. Nada nos libera tanto como abandonarnos.

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