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El derecho a ser amas de casa

Fabián Acosta Rico

Nuestra época experimenta una cuarta ola de feminismo audaz; la pañoleta verde es portada con orgullo por jóvenes militantes que sin liderazgos rígidos salen a las calles a protestar por causas tan justas como el derecho de las mujeres a una vida sin violencia. Féminas de todos los países celebran la emancipación del mal llamado sexo débil; proclaman con una voz que se hace oír en calles y plazas: ya no más sumisión al hombre, al patriarca opresor y violador. Hay mucha valentía en ellas, pero también hartazgo, odio, rabia. Abrazan su discurso con férreo dogmatismo: en la inteligencia de que sólo con acciones radicales y contundentes es posible obrar el cambio y la transformación de una sociedad creada por lo hombres para someter a las mujeres.  En este emprendimiento social, un baluarte de la opresión institucionalizada que perpetúa la disparidad entre los sexos es la familia y sus roles de género que condenan a la ama de casa a la sumisión no sólo al marido, sino también a los hijos. Una urgencia del feminismo no es tanto su erradicación, sino su reinvención bajo el concierto de nuevas masculinidades emancipadas del viejo machismo.

            Lo que en discurso suena bien e incluso inspirador e incuestionable; en la práctica, en el día a día, la realidad tiene algo o mucho cuestionar desde su complejidad: en la posmodernidad no existen fórmulas únicas e infalibles. Una generación que nació con el Internet ya funcionando y el uso común y generalizado de los teléfonos celulares: los millennials ensayó o más bien experimentó las “bondades” del nuevo modelo de familia con ambos padres trabajando. Desatendidos o abandonados, si bien les fue, terminaron siendo criados por los abuelos o en el peor por las maternales. En una encuesta realizada por el New York Times en el 2014 a jóvenes de esta generación nativo-digital, arrojó que el 58% que no rebasaba los 18 años opinaba que el mejor modelo de familia era el tradicional en el que el hombre era el principal proveedor. Una generación atrás, la X en un estudio similar el porcentaje a favor no fue de más del 30%.

            Sobre este tenor, alrededor del mundo hay mujeres que no se sienten representadas por los movimientos feministas: que no sienten la necesidad de emprender una cruzada cultural contra los hombres y su rol de proveedor. Incluso existe todo un movimiento con fuerte presencia en las redes sociales que propone un retorno de la mujer al hogar, a cuidar de los niños y a atender al esposo. El movimiento se denomina Tradwifes (abreviatura del inglés: esposa tradicional). Lo integran en su mayoría mujeres de clase media alta, blancas, que defienden una forma de vida y a un estilo de los años 50 y lo fundamentan en la Biblia.

Su inspiradora es la escritora Helen Andelin quien plasmó, en 1963, las ideas del movimiento en un libro intitulado Fascinating Womanhood, cuya principal premisa es una exhortación a constituir un matrimonio feliz echando mano de la feminidad ideal (belleza, elegancia, dulzura…) para mantener diligente y sumiso al hombre. Como en el libro el Varón domado de la autora Esther Vilar, las esposas tradicionales proponen que hay otra manera de someter y de llegar a un entendimiento con los hombres sin gritos y senos al aire… Pero o realidad, maldita realidad: cuantos galanes antes de pactar el matrimonio con la novia no calculan si sumando sueldos, el suyo y el de ella, les alcanza para hacer vida en común. 

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

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