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Pero en años recientes una nueva cauda de libros y ahora también de videos de YouTube reviven la vieja Ley de la Atracción. / Fotografía; Archivo

La Ley de la atracción

Una creencia neo-religiosa en la sociedad del descarte:

Fabián Acosta Rico

Hace un par de décadas un libro causó revuelo y revolucionó mentalidades. El Secreto obra de Rhonda Byrne, que prometía develar una gran verdad trasmitida oralmente desde tiempos antiquísimos. Este arcano saber lo compartían ancestrales culturas; pero en el discurrir de las centurias simplemente estaba olvidado, perdido en la laxitud de la memoria colectiva. Fuerzas ocultas conspiraban para que no fuera recordado.

Pero “desenterrado” por  autores contemporáneas salía a luz; el conocerlo y aplicarlo a la vida prometía a los creyentes y practicantes dispensarles la felicidad, la prosperidad y el éxito. Parecía ésta, una historia más de las muchas que se destilan en la literatura de superación personal del estilo de Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach; o la Búsqueda, de Alfonso Lara Castilla.

Lo sorprendente es que en realidad muchos intentaron desprogramar sus mentes; ver el mundo con optimismo, sentir que sus sueños no eran inalcanzables. El boom de El Secreto pasó como todas las modas de la autoayuda  exprés con su oropel de escritores neo-espiritualistas.

Pero en años recientes una nueva cauda de libros y ahora también de videos de YouTube reviven la vieja Ley de la Atracción. Tomaremos de ejemplo la obra Esther y Harry  Hicks, intitulada así, en directo, como la Ley de la Atracción.

Este libromaneja una idea, quizás ya intuida por muchos, y confirmada en buena medida por la Física Cuántica: esto que llamamos realidad es moldeada por la conciencia. Lo que vives, padeces… todo lo que te ocurre es producto de tus pensamientos.

Con esto no se dice nada nuevo: el texto del Kybaleon, atribuido a Hermes Trimegistro, ya lo sentenciaba muchos siglos antes: El mundo es mente. Bajo este principio es casi obvio deducir que la suerte no existe y que el destino es orquestado en el sutil entramado de las conexiones inter-neuronales.

En mi discurrir por la existencia soy como un acuarelista que con mis pensamientos y  emociones correspondientes pinto mi realidad. Si soy negativo y amargado la desventura y el sufrimiento será lo que invocaré; si por el contrario tengo una autoestima robusta, mentalidad triunfadora y un corazón lleno de gozo, “el universo conspirará a mi favor”; sólo conoceré la dicha y atraeré la fortuna, el amor y la salud.

Estas ideas no son del todo malas; en lo personal no creo que los pesimistas tengan la visión correcta del mundo; pero detrás de este discurso neo-espiritualista que centellea optimismo y mentalidad positiva, hay un tipo de religiosidad egocéntrica, sin templos ni rituales, generada por un tipo de sociedad capitalista que define la vida como una oportunidad hedonista de gozar y ser feliz sin reparar en los demás.

En la obra de los Hicks se aconseja que las personas eviten los noticieros o las notas de Internet que hablen de enfermedades, hambrunas, guerras, muerte porque son tóxicas para nuestras mentes; nos generan pensamientos negativos que por la Ley de la atracción nos predispondrán a padecer esas desgracias.

Esta religiosidad laica pseudo-esotérica enseña que desear no es malo y que el mundo es una enorme despensa ilimitada; hay de sobra para todos: la Lámpara de Aladino está sobre nuestros hombros: pide y decreta, pero con toda determinación y persistencia y lo obtendrás: tu maestro interior te indicará que desear. Olvídate de Dios; quien concede los deseos es el Universo. Ocúpate de ti; y que los demás vivan la vida que han elegido.

editor@cccomunicaciones.com.mx

Acerca de Monserrat Cuevas

Lic. Ciencias de la Comunicación | Reportera en Acción | Temas sociales, busco historias de vida que contar.

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