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Un acueducto infinitesimal…

Pbro. Tomás de Híjar Ornelas

Libro imprescindible, si los hay, es el que compuso el jalisciense Ernesto Lumbreras y que casi al término del año 2019 se presentó en diversos foros, para dar a conocer el lapso crucial para la vida del escritor y poeta jerezano autor de la Suave Patria, en la ciudad de México, que es como decir en la etapa postrera de corta y fecunda existencia.

¿Un acueducto infinetisimal?

El provocador título narra, pues, la vida de ‘Ramón López Velarde en la Ciudad de México. 1912-1921’, pretexto del que se vale el investigador para describir la forma en la que en tiempos del todo convulsos, este literato supremo supo granjearse en esa metrópoli un rango que la posteridad no le ha escatimado, calado y hondura respecto al perfil que en los años venideros y con su aportación tendrá un nacionalismo que durante los restantes años del siglo XX irá madurando hasta darle a México el rango que hoy ocupa.

La obra y su pertinencia

Gracias a este trabajo, venimos a enterarnos de la forma puntual en la que el joven zacatecano se insertó en un ámbito cosmopolita que él sólo intuía por sus lecturas de los escritores de entonces nacidos en Europa, especialmente en Francia, pero a los que superó con creces, afiliándose al modernismo, pero sólo como trampolín para construir su particular contenedor, el que volcará lo mismo en prosa que en verso, pues si bien su profesión fue la de abogado, y la ejerció en su momento, como legislador y juez, su ocupación principal y por la que se le recuerda fueron las letras.

Un literato de cepa

Ramón López Velarde se curtió en un plantel levítico, el Seminario Conciliar de Aguascalientes, donde coincidió con Amando J. de Alba, presbítero que será del clero de Guadalajara, pero también con un intelectual católico rotundo de la talla de Eduardo J. Correa, que ya convertido en director del periódico tapatío El Regional, subvencionado por la Arquidiócesis gracias a la buena percepción que en ese campo advirtió su prelado, don José de Jesús Ortiz y Rodríguez, abrió un horizonte que sólo cortará de tajo la guerra, pero que antes de ello será palestra de plumas como la de nuestro escritor y bardo jerezano.

Un trabajo necesario

Lo que Ernesto Lumbreras ofrece ahora es el fruto granado de una labor que se echó a cuestas con un mecenazgo institucional y que cumplió no sólo de forma satisfactoria sino ejemplar y admirable, pues lo que nos ofrecen las páginas de su libro tiene un valor agregado al contenido, muy pulcro, la finísima edición, que inspirándose en los criterios editoriales del tiempo de su biografiado, nos dejan ante un libro que más allá de lo que cuenta vale sólo como objeto.

Decimos esto sin demérito de lo que Lumbreras teje no sólo con destreza y sustancia, sino también, con la cordura de un investigador que sabe serlo por el rigor del método, la aplicación de los hallazgos y la síntesis que consigue.

Después de este libro…

Los ocho capítulos de la obra, salida de las prensas de Calygramma, en Santiago de Querétaro, en 168 páginas de gran formato, encierran, pues, el néctar de la obra de un literato que arrastró consigo el drama de una cultura que nació católica, se forjó en el cristianismo, intentó vivir sin él y terminó arrastrada por la vorágine de las circunstancias.

Tal vez nadie mejor que Ramón López Velarde, que apenas rebasó los 33 años de edad, de 1888 a 1921, tocó esa hondura y desgarramiento, y sin cometer apostasía de los valores familiares en los que se forjó su talento, avizoró la contractura que sufrirá el mundo en el azaroso siglo XX.

Al filo de cumplirse el primer centenario de un escritor de tan altos vuelos, el libro de Ernesto Lumbreras abre un filón muy rico para recuperar la impronta y la gallardía de un autor al que no sepultará el tiempo.

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