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Como Jesús nos consuela

Editorial

El paisaje urbano alrededor de los panteones con crematorio ha cambiado. Nubes grisáceas que se confunden con neblina cubren las copas de los pinos y tumbas.  Las chimeneas no dejan de exhalar su vaho que cubre los camposantos de nuestra ciudad. Estos crematorios son ya el símbolo del dolor y duelo de los tapatíos.

Los funerales no se pueden celebrar como lo establece la costumbre y la cultura cristiana de nuestro pueblo: el velorio, la reunión de la familia, los rezos, la Misa exequial, el último adiós en el panteón, el novenario, el levantamiento de la cruz, etcétera.

La mayoría de los que mueren no pudieron despedirse y, a veces, duran semanas en el hospital solos y sin consuelo. Los ritos que acompañan a la muerte ayudan, sobre todo, a los deudos a vivir la experiencia de la muerte en un contexto reconfortante y de resignación activa, lo que psicológicamente induce a cerrar los ciclos.

Para la mayoría de los familiares y personas cercanas a los enfermos, la última vez que se verán es en la puerta de la sala de urgencias.

No pueden acompañarlos los familiares ni los amigos, y están obligados a someterse a la cuarentena si su difunto murió por covid-19. No hay tiempo para asimilar y eso lleva a prolongar el ciclo del duelo.

El evangelio de Lucas nos cuenta que el día de la resurrección dos discípulos volvían tristes a Emaús. La primera actitud que tiene Jesús es muy importante en este proceso del consolar: “se acercó y caminó con ellos”. La tristeza tiende a inmovilizarnos. Jesús es quién toma la iniciativa de acercarse, de simplemente estar junto a ellos.

Y nos enseña la actitud fundamental, la de la escucha atenta al otro. A veces lo único necesario es simplemente que encuentre un oído disponible frente al cual verbalizar lo que le está pasando. La empatía es la capacidad de percibir lo que el otro está viviendo. Otra actitud de Jesús, también es necesario hablar para ubicar a la persona en la dimensión que lo aqueja. Jesús, luego de escuchar atentamente, les “ubica” su tristeza dentro de una realidad que le daba contexto. Aquí,  son necesarias las palabras, las experiencias propias o ajenas.

Y por último, Jesús siembra esperanza.

Así como la tristeza nos inmoviliza, otra emoción nos pone en movimiento: la esperanza. 

Jesús, luego de acompañarlos, les mostró una nueva presencia en el pan partido. Por eso dejaron de llorar por la ilusión perdida que les había dejado el que había “muerto”.

Lo que está ayudando a la gente, es la esperanza y la rica tradición de fe y creencias, así como la solidaridad de las personas en los barrios y parroquias de la Arquidiócesis de Guadalajara.

Se están incrementando espacios de escucha en las iglesias, en los dispensarios médicos, en grupos parroquiales, guardando todos los protocolos de salud. Más que nunca, la gente anhela consuelo, y solidaridad para tener esperanza. La gente que sufre pide ser acompañada en su dolor y su enorme tristeza con la enseñanza y actitudes de Jesús.

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