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EDITORIAL | El reto de la coherencia

Editorial N° 1220 de Semanario

La crisis del coronavirus es evidentemente sanitaria y económica, pero va más allá: nos cuestiona sobre las condiciones para que podamos vivir juntos, en comunidad… y como el ser humano no puede vivir aislado, entonces esta crisis nos enfrenta a nuestra propia condición humana.

El virus es altamente contagioso y pone en grave riesgo a millones de personas. Ya llegamos a los ocho millones de casos y al medio millón de decesos en el mundo. En México se han presentado más de 170 mil contagios y rebasamos los 20 mil fallecimientos.

El dolor de la pérdida súbita de familiares, amigos, compañeros, vecinos y semejantes nos quedará de por vida. El temor por ser nosotros mismos o nuestros más cercanos, nos genera mayor temor e incertidumbre sobre nuestro futuro, inclusive el más próximo. 

Sin embargo, el riesgo sanitario no nos amenaza como especie ni como sociedad, lo que nos amenaza como especie y como sociedad es el uso de cualquier evento, inclusive de la pandemia, para “sacar tajada” en favor de nuestros intereses personales, grupales, sectarios o facciosos, su uso como pretexto para imponer prácticas autoritarias, represivas, en suma, para violar derechos humanos tanto civiles y políticos como económicos, sociales, culturales y ambientales.

El nerviosismo y la imposición de reglas en favor de intereses particulares es evidente. ¿Por qué hay un regreso cada vez más extendido a la vida laboral cuando la pandemia se sigue extendiendo?

Consideramos que hay dos respuestas básicas: una, porque sin trabajo no hay dinero y sin dinero no hay forma de sobrevivir, estamos en economías de mercado; dos, porque los grandes intereses económicos se imponen sobre los criterios sanitarios: las empresas que en México están encadenadas a las grandes trasnacionales deben de seguir produciendo, porque así lo dictan los intereses de los corporativos automotrices o mineros.

¿Sin dinero no tenemos derecho a existir?, ¿El mundo se acaba si no seguimos produciendo cada día cientos de miles de autos nuevos?, ¿Quiénes son los que no tienen la posibilidad de privilegiar el cuidado de su salud por encima de su necesidad económica?, ¿A todos se nos imponen las reglas de la contingencia de la misma manera?

Recordemos que México, como país, está considerado como “clase media alta” en cuanto a su producto por habitante. Sin embargo, somos un país clase media alta en el que la inmensa mayoría de su población es pobre o vulnerable.

Nuestro problema económico esencial no es el productivo sino el distributivo, la concentración de la riqueza viola los derechos humanos de la mayoría. A nivel global, satisfacer la demanda de autos nuevos implica poner en riesgo la vida de quienes no pueden comprar un auto nuevo.

Quienes deben de seguir trabajando son los que según su ingreso, serían considerados discriminatoriamente los “menos productivos”: generalmente población con menor escolaridad, con mayor precariedad, en Estados unidos la población negra, en México los marginados.

Sin embargo, si un habitante de alguna colonia privilegiada anda sin cubrebocas, no le pasa nada, pero si es un albañil en Ixtlahuacán, puede costarle la vida. La violación de los derechos humanos y la concentración de la riqueza es nuestra principal amenaza, por encima del coronavirus.

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