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También la verdad nos salva, en la medida que la honestidad sigue siendo un valor muy apreciado por todos

Los santos inocentes

Pbro. Armando González Escoto

Es sin duda muy penoso, que al cristiano se le pueda llamar “inocente” en su acepción de ingenuo, incauto o incluso tonto, pero así ha sido en más de alguna ocasión, particularmente desde el momento en que la cristiandad dejó de ser líder del pensamiento occidental y acabó peleándose con él. Muchas veces tuvo razón y los inocentes fueron sus críticos, pero en otras dio muestras de un candor vergonzoso y lamentable.

La sociedad mexicana está en vísperas de una serie de efemérides en materia de historia, que nos abre a la posibilidad de asumirlas desde una perspectiva más inteligente, objetiva y madura, o de seguir siendo los inocentes de siempre, o los timadores de todos los días. Tima el que engaña, enreda, justifica lo injustificable, altera los hechos, los mutila, los oculta, los generaliza, los impone, y es inocente el que persiste en creerse todo lo que le han dicho.

Entre las efemérides a la puerta está, por un lado, la derrota de los aztecas y el consiguiente nacimiento de la Nueva España, cimiento del actual México, y por el otro lado, el proceso de la evangelización que comenzó en 1519. Pero la conquista de los aztecas, no supuso la conquista de todos los demás estados indígenas, pues la mayoría de ellos nunca fueron conquistados y sí, en cambio, aliados de los españoles ¿Por qué cuesta tanto admitirlo?

Y que el proceso evangelizador fue exitoso y todo caminó como miel sobre hojuelas, no es solamente una verdad a medias, sino una grave injusticia para con los propios misioneros, que debieron sufrir hasta lo indecible para comunicar su fe, lo cual incluyó decepciones profundas, fracasos, y desánimo, a tal punto, que en la década que va de 1550 a 1560, o ya no querían venir, o buscaban regresarse pronto, razón por la cual el rey Felipe II decretó, que cuanto misionero viniese a nuestras tierras, debería pasar en ellas por lo menos diez años. También obtuvieron logros, pero nunca los magnificaron como sucederá después, y fueron muy conscientes de que su tarea evangelizadora, había generado una seria crisis de valores para los pueblos indígenas, como lo escribe detalladamente fray Bernardino de Sahagún hacia 1585.

¿Por qué no admitir que también nosotros, desde la esfera religiosa, seguimos transmitiendo una historia no suficientemente analizada? ¿Acaso puede un cristiano temer a la verdad, siendo que es la verdad la que nos hace libres?

También la verdad nos salva, en la medida que la honestidad sigue siendo un valor muy apreciado por todos, y merece mayor reconocimiento el que con humildad asume los hechos, sin ocultarlos ni alterarlos, que el que insiste en mantener hundidos en la “inocencia” a sus propios hermanos. No debiéramos olvidar que la verdad también funciona como vacuna, y que el arte de ésta es, justamente prevenir a las personas, para cuando deban enfrentar los diversos y malsanos contagios que en el mundo circulan.

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