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La virginidad de María la podemos entender desde tres perspectivas que se complementan

María Virgen

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

Una de las figuras centrales de las fiestas navideñas es María Santísima, en la aparente contradicción de su identidad y misión en la historia de la salvación como “Virgen Madre”. Los católicos, desde los albores de la fe cristiana, confesamos que ella es virgen antes, durante y después del parto de su hijo, el Hijo de Dios, que, por su nacimiento, en vez de disminuir, consagró su integridad virginal.

San Epifanio en el siglo V se refería a María como la “Aeiparthenos”, que significa la siempre Virgen, introduciendo tal fórmula en el Símbolo de la Fe: “Nació de santa María Virgen”. Por su parte, San Agustín explicaba tal misterio de la siguiente manera: “Como el rayo solar atraviesa el cristal sin romperlo, así el Verbo nació virginalmente de María”. En el año 659, el Concilio I de Letrán definió solemnemente la virginidad perpetua de María, la Madre de Dios. Convenía, en razón de la Maternidad Divina, que María permaneciera virgen, pues en su seno se gestó el mismísimo Hijo del Altísimo, quedando así consagrado como el templo, el santo de los santos, que fue cubierto por la sombra del Espíritu Santo, Señor y Dador de vida.

La virginidad de María la podemos entender desde tres perspectivas que se complementan: física, moral y espiritual. María, dice el texto evangélico, no conoció varón, cumpliéndose así la profecía de Isaías: “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel, Dios-con-nosotros”. Vivió su peregrinación por este mundo con una pureza intachable y en su tránsito a la vida eterna fue saludada por los ángeles como lo fue por Gabriel en la anunciación: “llena de gracia… Toda pura eres tú, Virgen María”. La virginidad espiritual es fruto de la experiencia profunda de Dios que transforma a la persona en templo de su presencia por la escucha de la Palabra.

Por lo que nos revelan los evangelios, María fue una mujer dispuesta al servicio y a la entrega, lo que exige la castidad de vida. La virginidad moral comporta la virtud de la castidad no sólo ni sobre todo como abstinencia del ejercicio de la sexualidad, sino como orientación de toda la persona en vistas a un fin superior, un proyecto de donación total a la voluntad divina. Esta orientación pide una manera de relaciones abiertas y transparentes con todas las personas, vistas desde una mirada creyente, como quienes son imagen divina. La formación en la castidad ayuda a no ver a las personas como un mero objeto que se busca para satisfacer la libido egoísta, principal generadora de violencia. La raíz de la violencia está en la imposición de uno mismo sobre el otro, al que se le considera sólo como un objeto a disposición arbitraria.

En un ambiente exacerbado de violencia, generada en la erotización de la sociedad que contradictoriamente reclama derechos sexuales, la virginidad de María es una invitación a vivir castamente, aprendiendo el auto-dominio de los instintos para ser capaces de auto-donación en el amor.

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