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La iglesia nos invita a dar un paso adelante, un ejercicio de escucha del sufrimiento y de la esperanza del otro, del más alejado de mí, poniéndonos en marcha por el camino exigente de aquel amor que se entrega y se gasta gratuitamente por el bien de cada hermano y hermana

Nuestra vocación para la paz

La perspectiva internacional y nacional en el 2020 luce difícil y turbulenta. La operación a través de la cual el gobierno de Estados Unidos asesinó al militar Qasem Souleimani, puede generar un período de inestabilidad a nivel mundial. El uso de drones con el argumento de defensa propia, como una acción orientada a evitar una amenaza inminente a su seguridad, no es legal según el derecho internacional.

Muchos hombres y mujeres mueren a manos de hermanos y hermanas que no saben reconocerse como tales, como seres hechos para la solidaridad y el respeto.

El relato bíblico de Caín y Abel nos enseña que la humanidad lleva inscrita en sí una vocación a la fraternidad, pero también la posibilidad de su traición. El asesinato de Abel deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos.

Sin embargo, la humanidad tiene una vocación para la paz, basada en un anhelo indeleble de fraternidad, en la que encontramos -como nos enseña el Papa Francisco- no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer. En ese sentido, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre,

Sin la fraternidad, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera.

El aprendizaje de la fraternidad empieza en la familia, con la responsabilidad  de todos y en  especial del padre y de la madre. Así en la familia se construye la fuente de toda fraternidad, y también es fundamento y el camino para construir la paz. Esa vocación para la paz que se tiene en la familia, debe contagiar al mundo con su amor.

Sin embargo, los hechos violentos, en un mundo caracterizado por la globalización de la indiferencia y de la cultura de la muerte, poco a poco nos habitúa al sufrimiento del otro, que nos contradice y desmiente esa vocación humana para la fraternidad.

Ciertamente, los esfuerzos de la globalización social, y los sistemas políticos imperantes y la tecnología, nos acercan a los demás, pero no nos hace hermanos, Las  situaciones de desigualdad, de pobreza y de injusticia revelan no sólo una profunda falta de fraternidad, sino también la ausencia de una cultura de la solidaridad.

El Papa Francisco nos enseña que la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos.

Todas nuestras actividades en la vida social, económica y política, deben distinguirse por una actitud de servicio a las personas, especialmente a las más lejanas y desconocidas. El servicio a los demás es el alma de esa fraternidad que edifica la paz.

La iglesia nos invita a dar un paso adelante, un ejercicio de escucha del sufrimiento y de la esperanza del otro, del más alejado de mí, poniéndonos en marcha por el camino exigente de aquel amor que se entrega y se gasta gratuitamente por el bien de cada hermano y hermana.

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