Home / Iglesia en Guadalajara / A 90 años de la muerte de Aristeo Pedroza. El Cura Guerrillero

A 90 años de la muerte de Aristeo Pedroza. El Cura Guerrillero

Daniel Casas Bañuelos

Se acaban de cumplir 90 años de la muerte de Aristeo Pedroza, presbítero del clero de Guadalajara que tomó las armas, junto con su condiscípulo J. Reyes Vega, durante la resistencia activa católica.

Originario de Tuxpan, Jalisco, donde nació el 2 de septiembre de 1900, además del rango de General de Brigada obtuvo, en 1928, el de Jefe de Operaciones Militares de la región de Los Altos, por nombramiento del General Enrique Gorostieta, cargo que le impuso decretar la pena capital del caudillo cristero más célebre, Victoriano Ramírez, el Catorce, el 17 de marzo de 1929.

Se le recuerda, por otro lado, muy congruente en la disciplina y en la vida moral, ganándose por ello el mote de ‘El Puro’; también su valor en el campo de batalla y su buena visión como estratega militar.

Miembros del Ejército Federal lo pasaron por las armas en Arandas el 3 de julio de 1929, es decir, casi al calor de los “arreglos” entre la Iglesia y el Estado, siendo así una de las víctimas tempranas del incumplimiento a este pacto por parte del gobierno callista.

Don Francisco Orozco y Jiménez lo ordenó presbítero de su clero en1923 y se desempeñó como tal en dos destinos: las parroquias de Ayo el Chico y de La Barca, antes de adherirse a la resistencia activa católica y, por tanto, suspender su ministerio.

Procedente del Seminario Auxiliar de Zapotlán el Grande, Aristeo pasó al Conciliar de Guadalajara en 1918, cuando el plantel reabrió sus puertas, luego de cuatro años de interrupción, sólo que ahora en la Casa de Ejercicios de San Sebastián de Analco.

De esa época son los recuerdos que en 1959 pasó a letra de molde uno de sus condiscípulos, Leopoldo Gálvez Díaz.

Ocurrente

Este buen amigo estuvo de moda. Festivo él y simpático sin remilgos, su estilo picante lo ponía en evidencia o yo no sé. A él sí lo querían correr [los superiores del Seminario]. Pero su ciencia adquirida y su desparpajo a lo Cantinflas lo salvaron. Sus ocurrencias y franqueza sincera le granjearon siempre buena voluntad desde arriba, es decir, desde el Prelado. Su espontaneidad y su inteligencia eran de admirarse. También su aplicación y sus desplantes. Miren si no.

Un día se perdió Aristeo. Pregunten a Tuxpan. Se iría para su pueblo. Que acá no ha venido, respondió el telégrafo. Saldría a la ciudad y algo le habrá sucedido. Búsquenlo en la Inspección. Repórtenlo por ahí. Que nada se sabe. Que de las comisarías darán razón. ¿Se caería a alguna noria? Que se asomen al agua. Que venga el buzo. Ya bajaron al pozo, revolvieron las aguas diligentemente y no hallaron rastros. Pero, ¿dónde pudo irse? La casa no tiene sótanos ni laberintos. Pues como sea, Aristeo no aparece. ¿Se iría de ronda? ¡Pero en el Colegio! Aquí no sabemos que haya trovadores. O quién sabe. ¿Acaso que Aristeo tenga novia? ¿Ya hurgaron allá abajo, en la Biblioteca? ¡Ah! No. Nos faltó allí. Sí, señor, acá se halla. “¿Diga usted qué hacía por acá, mientras despavoridos lo buscábamos todos?” Le dijo el padre Nachito de Alba. “¿Y por qué me buscabais? ¿Qué no sabíais que los estudiantes deben ocuparse en los textos de la Universidad?”

Hubo un azote de gripe en la ciudad y se metió también al Colegio. Y como la influenza iba propagándose con rapidez y malignidad, algo se alarmaron los superiores. Le preguntaron al médico oficial si sería necesario cerrar el establecimiento. “Tanto como eso, no”, dijeron los higienistas, pero sí sería bueno aislar a los atacados ya. Y como consecuencia, puso el padre Rector en la puerta de la enfermería un letrerito que decía: “Se prohíbe visitar a los enfermos. El padre Rector”. Y selló el Seminario. No faltaron los comentarios en pro y en contra. Todos leímos el aviso, pero a nadie se le ocurrió hacer lo que hizo Aristeo Pedroza: quitó de su lugar aquella orden y escribió él otra, de su cabeza y de su propia mano, que decía: “Las obras de misericordia son catorce, siete espirituales y siete corporales. Las corporales son éstas: la primera, visitar a los enfermos. El padre Ripalda”.

Estampa moral

En el Colegio no dejaban leer libros extraños a los estudios que allí se llevaban, menos la prensa, menos novelas. Sin embargo, Aristeo Pedroza leía el periódico día con día y nos transmitía las noticias importantes. Aristeo lo sabía todo. Lo leía todo. Era admirable.

Dormía la siesta donde se le hacía bueno. En este aposento y en aquel otro y hasta en la cama del padre Rector. ¿Cómo abría los salones? ¿A qué se atendría? Los excusados privados del profesorado los ocupaba sin escrúpulo Aristeo. Creo que allí leía las revistas y si lo sorprendían in fraganti, respondía inconfundible, con su tono especial de voz: “Ocupado”.

Cuando había antojitos extras en la mesa rectoral o en la cocina, como en los aniversarios del señor Orozco, digamos, o San Francisco de Asís, el padre Aristeo se regalaba en grande, él sabía cómo, y comía de día y de noche uvas y manzanas, pasteles y fiambres, que nos daban envidia.

En las clases de Sagrada Escritura íbamos traduciendo los salmos. Y a Aristeo le tocó aquel versículo del salmo 53 que dice: “Dixit insipiens in corde suo: non est Deus” (Dice el necio en su corazón: ¡No hay Dios!). Y lo puso en castellano corriente, según su costumbre: “¡Dijo el pendejo en su corazón: no hay Dios!”, a lo que todos soltamos la risa, menos el padre maestro, que dijo: “Bien dicho. ¿Por qué se ríen?”.

A monseñor Orozco le caían bien sus chistes y en ocasiones hasta él mismo lo provocaba. También oía sus loas, que Aristeo le decía en mexicano (náhuatl), lengua que aún se habla en Tuxpan. Y lo ordenó.

Ya siendo presbítero, se levantó en armas por Cristo Rey en el pueblo de La Barca, Jalisco. Y lo hizo con dignidad, según se vio.

Se rindió al Gobierno después de los arreglos con el presidente Portes Gil, en junio de 1929, en Yurécuaro, Michoacán, y faltando a su palabra, lo fusilaron cerca de Arandas, Jalisco.

Acerca de Rebeca Ortega Camacho

Revisa También

Un suspiro de Eternidad

Francisco Josué Navarro Godínez, 2° de Filosofía Hace unos años descubrí cierta canción de un …