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La humanidad necesita tomar una decisión. ¿Recorreremos el camino de la desunión, o adoptaremos el camino de la solidaridad global. Fotografía: Archivo

El mundo después del coronavirus

Alfonso Rocha Torres

¿Cuál es la salida? ¿la vigilancia totalitaria de los Estados o el empoderamiento ciudadano? ¿El aislamiento nacionalista o la solidaridad global?

El pasado 20 de marzo en el Financial Times, el historiador israelí Yuval Noah Harari, autor de los best-sellers “Sapiens: De animales a dioses”, “Homo Deus: Breve historia del mañana” ​ y “21 lecciones para el siglo XXI”, escribió que los peores riesgos actuales a partir de la crisis del Covid19 son la hipervigilancia que permite hoy la tecnología y el aislamiento nacionalista.

Entiende que la vigilancia planteada como necesaria para prevenir una pandemia puede emplearse con fines de control social que llevan a la pérdida progresiva de libertades fundamentales y que las decisiones que tomen los gobiernos y los pueblos darán la forma al futuro que tendremos, tanto en la economía, como en la política, en los sistemas de salud, como en la cultura.

Primer dilema: entre la vigilancia totalitaria y el empoderamiento ciudadano

Harari sostiene que muchas de las medidas actuales de emergencia se establecerán como rutinas normales y fijas, porque así ha sido históricamente en el manejo de emergencias nacionales; pues en estados de emergencia en pocas horas se toman decisiones impensables en otro contexto y luego se quedan como prácticas comunes y preventivas.

Tecnologías inmaduras y potencialmente peligrosas se comienzan a utilizar y así varios países ya son experimentos sociales a gran escala. Por primera vez en la historia hoy los gobiernos tienen la posibilidad tecnológica de monitorear a toda su población al mismo tiempo y en tiempo real, como ya lo hizo China o Israel.

La tecnología de vigilancia masiva que asustaba a muchos, podría ser de un empleo regular y así los gobiernos podrían saber qué cosas nos provocan alegría o tristeza, hastío o interés, lo cual representa un poder inédito sobre las poblaciones.

Está convencido de que el control excesivo y el castigo severo no son la manera más eficaz de conseguir el acatamiento de normas que nos pondrían a salvo, sino que la población esté bien informada y motivada en su propia salud y bienestar.

Advierte que algunos políticos pueden utilizar el argumento de que como no se puede confiar en que las poblaciones hagan lo correcto, es mejor tenerlos vigilados y controlados.

“En lugar de edificar regímenes de vigilancia, no es tarde para reconstruir la confianza del pueblo en la ciencia, las autoridades y los medios… En los próximos días, cada uno de nosotros debería optar por confiar en los datos científicos y los expertos en atención médica en lugar de teorías de conspiración infundadas y políticos egoístas”. El uso de la tecnología debe estar al servicio de empoderar a la ciudadanía… si no tomamos las decisiones correctas podemos renunciar a nuestras libertades más preciadas pensando que así protegemos mejor nuestra salud; lo mismo sobre educación, el teletrabajo, y nuevas tecnologías. ¿Cómo será a partir de ahora? ¿Es solo una forma pasajera o está creando un nuevo futuro?

Segundo dilema: entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad global

En la segunda parte del artículo, el historiador israelí exhorta a que tengamos un plan global, lo cual exige salir del asilamiento nacionalista y entrar en una verdadera solidaridad global.

Y es que tanto la epidemia como la crisis económica son hechos globales que deben ser combatidos globalmente, compartiendo información a tiempo.

La gran ventaja de los humanos sobre los virus es que podemos compartir información sobre cómo luchar contra ellos.

“Necesitamos un espíritu de cooperación y confianza”, así como una total disposición internacional para producir y distribuir equipamiento médico”. Es preciso “humanizar las industrias comprometidas en el bien común”.

“Los países deberían estar dispuestos a compartir información abiertamente y buscar consejo humildemente, y deberían poder confiar en los datos y las percepciones que reciben”.

Sugiere que un protocolo global debería permitir que equipos muy controlados de expertos sigan viajando, desde científicos y médicos, hasta políticos, periodistas y empresarios que deberían poder desplazarse.

Critica duramente a la actual administración de los EEUU que ha dejado atrás su liderazgo global frente a diversas crisis como las del 2008 o del Ébola del 2014…

Una parálisis colectiva se ha apoderado de la comunidad internacional. Parece que no hay adultos en la habitación.

A nivel económico, “la cooperación global también es vital… dada la naturaleza global de la economía y de las cadenas de suministro, si cada gobierno hace lo suyo sin tener en cuenta a los demás, el resultado será un caos y una crisis cada vez más profunda. Necesitamos un plan de acción global, y lo necesitamos rápido”.

Insiste en que sin cooperación global la crisis puede ser mucho más devastadora y esto debe aleccionarnos para construir el futuro de la mejor manera posible, entre todos.

“La humanidad necesita tomar una decisión. ¿Recorreremos el camino de la desunión, o adoptaremos el camino de la solidaridad global? Si elegimos la desunión, esto no solo prolongará la crisis, sino que probablemente dará lugar a catástrofes aún peores en el futuro. Si elegimos la solidaridad global, será una victoria no solo contra el coronavirus, sino contra todas las futuras epidemias y crisis que podrían asaltar a la humanidad en el siglo XXI”.

De ahí que el Papa invitara el 20 de Mayo a orar por la unidad de todos.

COMENTARIOS:                vivirenlapantalla@gmail.com

PARA SABER MÁS:          www.es.aleteia.org

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