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La sencillez que ilumina

Hermanas, hermanos en el Señor:

El Hijo eterno de Dios, que se hizo hombre por nosotros, se hizo verdaderamente humilde, lo mismo que sus padres, María y José, al presentarlo al mundo, también, desde su condición de pobreza. Esto, para nosotros, es una enseñanza de cómo nos podemos y debemos presentar ante Dios, para consagrarnos a Él en humildad, sólo en la pobreza de nuestra condición, porque no podemos presentarnos ante el Señor haciendo arrogancia de nuestras cualidades y méritos que, por otra parte, son dones que hemos recibido. No podemos presentarnos y consagrarnos a Dios alegando que tenemos derechos o que somos buenos.

Para presentarnos ante el Creador necesitamos despojarnos de todas esas actitudes de autosuficiencia, de soberbia, porque Él nos conoce en lo más íntimo de nuestro ser y no lo podemos engañar, ni lo ponemos impresionar. Él sabe de nuestras limitaciones y carencias.

El único que puede iluminar nuestra vida llena de limitaciones es Jesús. Él es la luz verdadera que ilumina este mundo. Fuera de Él, todo es obscuridad, todo es tinieblas. Jesús ilumina lo más profundo de nuestro ser y lo más íntimo de nuestra vida, nos descubre el sentido de nuestra existencia, por qué estamos aquí y a dónde vamos.

Para descubrir esta Luz, necesitamos de dos apoyos: uno, absolutamente necesario, que es el Espíritu Santo, al que debemos invocar y a quien debemos obedecer, y que nos conduce a descubrir en Cristo la verdadera luz que nos ilumina.

El otro apoyo que necesitamos es ponernos en movimiento; para que vayamos a buscar, y podamos encontrar a Jesucristo. A Él no lo vamos a encontrar en la pasividad, en la pereza, en la indiferencia, sino en la acción: buscando conocer al Señor, leyendo su Palabra con atención, meditándola, orando, catequizándonos, encontrando a Jesús en el prójimo que sufre.

Dejémonos iluminar, y digo dejémonos, porque desde la Navidad y la Epifanía ha brillado para nosotros la luz que es Jesucristo. Que siga iluminando todos los momentos de la vida.

Podemos poner un ejemplo de personas que están para iluminar y han iluminado con su testimonio la vida del mundo. Es la luz que brilla en tantos hermanos consagrados, hombres y mujeres, que han descubierto la invitación a seguir a Jesús más de cerca, y han consagrado su vida en la pobreza, en la castidad y en la obediencia.

Su vida es un regalo de Dios para el mundo y para toda la Iglesia. Mantienen viva, en esta Tierra, la luz, que es Jesucristo. Nos ayudan a fijar nuestra mirada y nuestra conciencia en la otra vida, en la vida verdadera y plena, en la vida eterna. Con su testimonio de pobreza, castidad y obediencia anticipan nuestra presencia en el Cielo.

Le damos gracias a Dios por el don de la vida consagrada en toda la Iglesia, pero particularmente su presencia y su actividad en nuestra querida Iglesia de Guadalajara. No dejemos de hacer oración por ellos, para que se santifiquen en su vocación, y además, pidamos para que se vean también bendecidos con abundantes vocaciones.

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