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Mons. Rafael Uribe, distinguido por su espiritualidad y acción social

Sonia Gabriela Ceja Ramírez

El miércoles 13 de mayo la Arquidiócesis de Guadalajara despertó con la triste noticia del fallecimiento de Mons. Rafael Melitón Uribe Pérez (Guadalajara, 27 de enero de 1938), quien desempeñara su ministerio sacerdotal a lo largo de 51 años en esta Iglesia local.

El sacerdote de 82 años de edad fue ordenado el 21 de diciembre de 1968. Durante su ministerio se distinguió en la Arquidiócesis por crear y liderar, por más de tres décadas, la mejor Comisión de Arte Sacro de México.

Durante su fructífera vida Mons. Rafael Uribe hizo grandes amigos, entre ellos el padre Alberto Ruiz quien tuvo una relación cercana con Monseñor pues lo conoció en el año 1988, cuando el padre Alberto cursaba su carrera de arquitectura. Si bien, desde niño había sentido la inquietud vocacional, a petición de su padre, sólo pudo ingresar al Seminario una vez que le entregó un título universitario.

Se convirtió en un maestro

Siendo estudiante, el padre Alberto Ruiz ayudaba a su párroco, el padre Rafael González González, quien también falleció hace poco, en el diseño de un templo en Tonalá, así, tuvo su primer contacto con la Comisión Diocesana de Arte Sacro y con Mons. Rafael Uribe.

“En esa época fue cuando se removió el ciprés de la Catedral y había una polémica muy fuerte. Algunos maestros querían que hiciéramos una manifestación en contra; yo era líder estudiantil pero no me presté a esas cuestiones valorando mi fe. El padre Uribe me brindó mucho apoyo para poder saber cómo actuar.

“El padre Uribe me enseñó los factores que debía tomar en cuenta para empezar a diseñar templos. Al párroco de mi pueblo le ayudé a diseñar 10 conjuntos de pastoral desde antes de entrar al Seminario, luego como seminarista y ya después como sacerdote. En esos primeros trabajos, Mons. Rafael me orientaba, él me guiaba en cada parte que yo iba diseñando”, recuerda el hoy párroco de Nuestra Señora del Refugio.

Siempre en equipo

Una vez ordenado sacerdote, en el año 2003, el padre Alberto se integró formalmente a la Comisión de Arte Sacro y trabajó muy a la par de Mons. Rafael Uribe, pero no solo se trataba de la profesión de ambos y la pasión por la construcción, sino que además el padre Alberto fue destinado al Cerro del Cuatro para trabajar como vicario del padre Rafael. “Estuve casi tres años en la cuasiparroquia La Misericordia que era una capellanía de ésta parroquia en la que estoy ahora, que es Nuestra Señora del Refugio.

“Después cuando a mí me hicieron párroco, seguimos trabajando juntos porque era una parroquia in sólidum, es decir, trabajábamos de manera conjunta la parroquia y la cuasiparroquia”. 

Aunque entre párrocos y vicarios suele haber desacuerdos, la relación del padre Alberto Ruiz y Mons. Rafael no fue así: “nos acoplamos perfectamente. A pesar de la diferencia de edades y a pesar de que él era ingeniero y yo arquitecto, hicimos un equipo excelente”.

Las anécdotas y recuerdos son incontables, pero un evento que marcó la vida del padre Alberto fue la confianza que Mons. Rafael le otorgó durante el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Guadalajara en el año 2004, pues le permitió, junto con el arquitecto Edén, el diseño del espacio destinado a las conferencias en la Expo Guadalajara. “Fue, por decirlo así, mi debut en la Comisión de Arte Sacro”.

Compañeros hasta el final

Los años trascurrieron rápido y el padre Rafael enfermó, por lo que presentó su renuncia antes de cumplir los 75 años, que es la edad que marca el canon. Sin embargo la amistad entre ambos sacerdotes se solidificó y el padre Alberto, como párroco, solicitó que enviaran a Mons. Rafael como adscrito a su parroquia.

Mons. Rafael junto al padre Alberto, al celebrar sus 60 años de ordenación sacerdotal.

“Él estuvo feliz viviendo sus últimos años en esta comunidad. Al principio venía entresemana, celebraba misa cada tercer día y los domingos. Los últimos cinco años venía solamente los domingos. Algún tiempo tenía chofer y luego, el último año venía en taxi, pero nunca dejó de venir a la comunidad con la que se sentía plenamente identificado.

“Cabe mencionar que esta parroquia fue su único destino. Recién ordenado lo mandaron a Cocula por tres años y luego regresó a Guadalajara como prefecto de estudios del Seminario Menor, sin embargo, desde entonces prestaba su apostolado en el Cerro del Cuatro todos los fines de semana.

“Él se enamoró de esta comunidad muy sencilla y muy pobre; él tenía un afecto especial por los más necesitados y eso fue lo que a mí me enseñó.

“Cuando yo llegué aquí al Cerro del Cuatro vi cómo trabajaba con los drogadictos, con la gente pobre, ofreciéndoles un comedor parroquial que hizo hace más de 35 años y que fundó con una señora que sigue ayudando hasta la fecha.

“Él quería hacer un Santuario de la Misericordia, no logró consolidarse el proyecto pero logramos hacer El Refugio, Casa del Migrante y Refugiado, así como el comedor parroquial, y obras de caridad con los drogadictos y los pobres, que es el que seguimos trabajando hasta nuestros días en nombre de la Asociación Civil que él fundó y que comenzó las construcciones; digamos que dejó las bases para lo que hoy estamos desarrollando”.

Finalmente respondió al llamado

“Uno de sus legados fue crear la mejor Comisión de Arte Sacro de todo el país. Junto con Fray Gabriel Chávez de la Mora crearon toda una escuela del diseño, del arte y la liturgia al servicio de la Iglesia.

“Otro aspecto, es la atención de los migrantes. Siempre sus vacaciones las dedicó a ir a visitar a los migrantes a Estados Unidos, de Cocula y sus alrededores, de La Barca, de aquí del Cerro del Cuatro!.

El padre Alberto explicó que Mons. Rafael tenía varios familiares sacerdotes pero su inspiración fue un tío sacerdote que con su ejemplo despertó el interés vocacional. “Él me contó que no quería ser sacerdote, pues su casa sirvió como Seminario durante la persecución religiosa. El mismo padre Cristóbal Magallanes Jara, hoy santo, le pidió a su abuelo recibir a algunos seminaristas durante este periodo y las actitudes que veía Mons. Rafael siendo niño no lo alentaban a ser sacerdote. Igualmente, vivió algunos años durante su infancia en Ahualulco y conoció a un sacerdote que tomaba mucho, lo cual tampoco lo motivaba, sin embargo Dios tocó su corazón y cuando terminó su carrera de ingeniero dejó todo y se vino al Seminario y siguió a Jesús”. 

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