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San Felipe de Jesús, protomartir mexicano.

San Felipe de Jesús

Pbro. Adrián Ramos Ruelas

En el mes de noviembre pasado el Papa Francisco realizó un viaje pastoral a Asia. Visitó concretamente dos naciones de minoría católica: Tailandia y Japón. En este último país fueron martirizados varios laicos y religiosos católicos. Entre ellos, el primer mártir mexicano reconocido santo: Felipe de Las Casas, mejor conocido como San Felipe de Jesús, nacido en la Ciudad de México en mayo de 1572, de padres inmigrantes españoles, Alfonso y Antonia.

De niño era inquieto y travieso. Tuvo inquietud por la vida religiosa e ingresó a un convento franciscano, pero se regresó.

Ejerció el oficio de platero sin mucho éxito. A los 18 años su padre lo envió a Filipinas a probar fortuna. Al principio estaba deslumbrado por la vida mundana, pero pronto sintió de nuevo la llamada del Señor: “Si quieres venir en pos de mí, renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme” (Mt 16,24). Ingresó con los franciscanos de Manila. Esta vez ya había madurado y su conversión fue de todo corazón. Estudiaba, atendía a los enfermos. Todo lo hacía con dedicación.

En 1596 se ordenaría sacerdote. Como no había obispo en Filipinas, la ordenación sería en México. Se embarcó, pero una gran tempestad desvió el barco hasta que naufragó en las costas del Japón. Felipe interpretó su naufragio como una dicha. Podría entregarse más a Cristo por la conversión del Japón sin saber que encontraría su martirio.

Murió en las costas de Japón, cerca de Nagasaki, al lado de otros 25 compañeros franciscanos, jesuitas y laicos, a los 24 años. Dos lanzas atravesaron sus costados, y cruzándose en el pecho, salieron por sus hombros. Así murieron todos, Felipe el primero, el 5 de febrero de 1572.

Sus últimas palabras pronunciadas en el suplicio fueron: “Jesús, Jesús, Jesús”.

Fue beatificado el 14 de septiembre de 1627 y canonizado el 8 de junio de 1862 por Pío IX.

Es patrono de la Ciudad de México y de los plateros.

¿Qué podemos aprender de él?

1.- Su generosidad. El joven que se abre sinceramente a Dios encuentra el mayor de los tesoros, se hace un gran enamorado del Señor Jesús y le es fácil encontrar su vocación.

2.- Su desprendimiento. Después de ser comerciante de plata, Felipe decide tomar el hábito franciscano y abrazar la vida religiosa buscando ser pobre como Jesucristo.

3.- Su espíritu misionero. El deseo de llevar a Cristo a los demás lo llevó a naufragar hasta las tierras orientales japonesas, ahí donde su sangre haría germinar como semilla, nuevos cristianos.

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