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12 frases del Papa Francisco que dan esperanza al mundo

David Hernández

Este viernes 27 de marzo el Papa Francisco dirigió un mensaje de esperanza a toda la humanidad ante la inminente propagación del coronavirus (COVID-19), el cual no solo ha paralizado sistemas de salud y economías de 175 países, sino también causado miedo y angustia en millones de personas.

Desde una oscura y desolada Plaza de San Pedro, acompañado por la imagen de la Virgen María conocida como la Salus Populi Romani (Salud del Pueblo Romano) y el Cristo Milagroso de la iglesia romana de San Marcelo (el cual salvó a Roma de la “peste negra” en 1522), el Santo Padre emite su discurso donde predominan las palabras “no tengan miedo”, para posteriormente dar la bendición Urbi et Orbi con el Santísimo Sacramento.

Partiendo su meditación del pasaje bíblico conocido como “la tempestad calmada” (Mc, 35-41), el máximo representante de la Iglesia otorga una gota de amor en medio de tanta incertidumbre.

Ante el Santísimo Sacramento, el Santo Padre oró con toda la Iglesia que se encuentra en sus casas.

1.

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: ‘perecemos’ (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

2.

Pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: ‘¿Es que no te importo?’. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

3.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.

4.

Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

El Santo Padre imparte la bendición Urbi et Orbi para todo el mundo desde la Plaza de San Pedro

5.

Nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

6.

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: ‘Que todos sean uno’ (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad.

7.

Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. 

8.

No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. 

El Papa ante el Cristo Milagroso de la iglesia romana de San Marcelo

9.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.

10.

Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 

11.

En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.

12.

Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas”.

Francisco dirige su mensaje al mundo ante una Plaza de San Pedro vacía

Acerca de David Hernandez

Lic. en Filosofía por el Seminario de Guadalajara | Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Veracruz | Especialista en temas religiosos | Social Media Manager

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