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El ejemplo de los santos

Pbro. Armando González Escoto

El prefacio de la misa de los santos dice, entre otras cosas, que estos grandes personajes “con su vida nos proporcionan ejemplo”. Bueno, la ejemplaridad siempre ha sido y seguirá siendo una constante humana, tanto en lo positivo como en lo negativo, el problema es cuando los ejemplos negativos tienen más repercusión en las conductas humanas que los positivos.

Hoy, como en cualquier tiempo, no basta con que se den buenos ejemplos, se necesita difundirlos, y en eso sí que tenemos enormes fallas.

¿No fue acaso Edith Stein, una notable activista en favor de los derechos y libertades de la mujer a la vez que filósofa destacada, nada menos que en el mundo académico alemán? Edith Stein era además judía, de modo que su conversión al catolicismo y su posterior martirio en un campo de concentración nazi debiera ser hoy día un extraordinario ejemplo para las mujeres de todas las razas y niveles, pero… ¿Quién la conoce?

Recientemente se ha nombrado al beato Anacleto González Flores, patrono de los laicos mexicanos, pero ocurre casi lo mismo, se le conoce poco y se le conoce mal, toda vez que –indebidamente- se le relaciona con la revolución cristera, algo que él jamás aceptó porque iba justamente contra toda su manera de pensar; su aceptación final fue más fruto de presiones externas, que de su íntima convicción democrática y pacifista que ya -en 1918- había dado frutos extraordinarios e inéditos, en un país dictatorial como el nuestro; el triunfo del catolicismo en ese año fue la mejor prueba de que el pensamiento de Anacleto sí podía dar mejores frutos que las armas.

Pronto será canonizado John Henry Newman, personaje inglés, ampliamente destacado en el exigente ambiente universitario de Inglaterra; de origen protestante, el estudio profundo de la historia de la Biblia y de la teología le llevó a convertirse al catolicismo, independientemente de todas las consecuencias negativas que ello le trajo en su país y en su sociedad. Como teólogo, pensador y presbítero aportó a la Iglesia una enorme riqueza y un gran ejemplo; aún así, su valiente actitud de apertura al mundo moderno, le hizo ser mal visto por las fuerzas conservadoras del catolicismo de aquellos años, de ahí que el capelo cardenalicio se le otorgase, ya al final de sus días, como el más justo y preclaro homenaje a un personaje de esa talla, incluso, la sociedad protestante inglesa se congratuló con esa distinción.

El problema no es que carezcamos de grandes ejemplos, sino el que no logremos hoy día darlos a conocer adecuadamente; de manera convincente, con lenguajes, formas y modos acordes al mundo contemporáneo; dejando atrás esas historias de santos alambicadas.

También es un problema el que a muchas personas de hoy, les tenga sin cuidado el buen ejemplo de los demás, dicen vivir a su modo, cuando en realidad siguen viviendo al modo de otros, solo que sin darse cuenta, lo cual es mucho peor.

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