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Crónica migrante: Hay un solo Dios

Víctor Ulín

viulin30@gmail.com

Regis decidió un día  abandonar el mar de Honduras. Lo obtenido con la pesca no era suficiente para mantener a su esposa Keroli y a sus tres  hijos: Roger, de 8 años, Samir, de 5, y Óscar, de 3.

Tomó el poco dinero que tenía ahorrado y con su familia inició la búsqueda del sueño de todo migrante que ingresa por el Sureste de México: lograr una vida mejor.

-Quiero estar bien con mi familia.

En las comisuras de los labios de Regis hay una saliva seca. No es de sed ni cansancio de ahora. Es de los días que lleva, a la fuerza, retenido en esta tierra que no es la suya. 

-Ya yo no me hallo aquí- me dice Keroli, de 28 años de edad, esposa de Regis, madre de Roger, de Samir y Óscar, y de un cuarto hijo que, de su vientre, nacerá pronto. Su embarazo ronda los nueve meses y en cualquier día podría entrar en parto.

SUEÑO EN SUSPENSO

Desde mayo, los integrantes de la familia salieron de Iriona, Colón, municipio de Honduras. Atravesaron Guatemala y pasaron el estado de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, hasta llegar a Villahermosa.

Corrieron con suerte cuando la migra los detuvo en Tabasco. Los niños enfermaron de varicela en la estación de Migración donde estuvieron un mes detenidos junto a otros tantos que fueron deportados o continúan en espera del salvoconducto, y  les dieron sus documentos para seguir transitando sin problema por  la República Mexicana.

También para poder pedir ayuda en los cruceros  a los conductores de vehículos y reunir dinero para continuar su viaje. Ya los agentes de Migración los conocen. Por eso no los detienen si los ven  durante los rondines diarios que realizan para apresar ilegales.

Son de los pocos migrantes que todavía pueden verse en los cruceros de la ciudad desde que el gobierno federal selló la frontera sur con los 6 mil elementos de la Guardia Nacional y se endureció la política migratoria a exigencia y amenaza de los Estados Unidos.

Es aquí donde me los encuentro. En el cruce de las Avenidas Prolongación 27 de Febrero y Paseo Tabasco, una conocida zona residencial y comercial de Villahermosa.

Durante dos horas, en las pausas de los semáforos, entre los carros, apelaron a la solidaridad de los conductores, pero el sol es inclemente y Keroli está cansada. Ya se van.

Tratan de tomar un taxi para llegar a un albergue en el que se mantienen alojados, y del que no recuerdan el nombre. Solo que es en una iglesia. Ahí duermen y comen, y por la mañana, temprano, salen a caminar las calles y apostarse en las  avenidas de la ciudad.

ENTRE GUADALAJARA Y EL MAR

Keroli confiesa que ya no desea llegar a los Estados Unidos como lo planeó su esposo cuando salieron de Iriona. Ahora sólo quiere llegar a Guadalajara, donde permanecen asilados unos familiares y, -según me dice-, viven a gusto y los tratan mejor.

Su esposo, Regis, irá a donde ella vaya. Aunque quiere volver a su país cuando tenga dinero.

-Yo los tengo que cuidar y mantener. Yo voy a donde ella vaya-, me responde en un español balbuceante, por momentos indescifrable, y desconfiado. A trozos me da detalles de su vida.

Su  desconfianza y rechazo es instintivo. Es una manera de defenderse frente a las miradas inquisidoras que se posan en su piel negra, intensa, como la de su esposa e hijos. 

-La gente nos ve mal, pero nosotros no-, me comparte Keroli, y Regis la secunda con la mirada.

-Hay un solo Dios-, afirma, cuando me responde que es evangélica. Que tiene fe.

Cerca, en la parada improvisada donde esperan el taxi, juegan sus tres hijos, en una tarde soleada.

Regis se apartó un poco de su esposa y se mueve inquieto. Desesperado. Insiste en preguntarme cómo puedo ayudarlo para conseguir lo que quiere ahora: un trabajo que le permita reunir dinero para cumplir primero el deseo de su esposa: llegar a Guadalajara, y después, con algo ahorrado, concretar el suyo: volver a Iriona y comprarse una panga con  motor para navegar mar adentro y que la pesca abunde.

En su cabeza, lo sigue rondando el mar. Quiere volver a ser el pescador que hace cuatro meses abandonó las costas de Iriona. La canoa sin motor que tenía no le facilitaba avanzar mar adentro para una mejor pesca y ganar más dinero. Quiere comprarse una casa.

En Iriona vivía en un lugar provisional. Y hoy quiere una casa propia. Vivir ahí con su familia.

Keroli, su esposa,  lo escucha atenta, cabizbaja. Los niños siguen jugando a nada bajo el árbol. Ella los llama por su nombre para que se acerquen. Sonríen. Ha confiado en el extraño que pregunta.

La travesía de Honduras a México ha sido difícil con tres hijos pequeños y uno en camino.

A veces caminando, otras en aventones o en autobuses donde incluso “nos han asaltado”.

-Yo ya me quiero ir de aquí- me vuelve a decir Keroli. Una mujer que allá, en Iriona Colón, mientras su esposo andaba de pesca, “limpiaba debajo de la Yuca”. Era campesina.

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