Home / Iglesia en Guadalajara / Pastoral & Cultura: Justicia y misericordia

Pastoral & Cultura: Justicia y misericordia

Pbro. Armando González Escoto

Aunque la impunidad es la violencia pasiva de las instituciones, es también violencia el ejercicio incorrecto de la justicia. En los tiempos que corren, nuestra comunidad ha estado sometida -no pocas veces- a estos tipos de violencia, particularmente en el trato que se da tanto a las víctimas como a los victimarios.

En el mejor de los casos, quien tiene el infortunio de ser víctima, tiene también una buena posibilidad de no serlo otra vez; para quien delinque el escenario es muy distinto, pues una vez arrestado y procesado, pese a lo que se diga, carecerá de medios adecuados para rehabilitarse, por el contrario, en el presidio no sólo podrá hundirse más en su conducta, sino que será constantemente presionado para hacerlo, hasta por mera sobrevivencia.

Una vez que salga de la cárcel, ha de pagar de por vida una condena no escrita, la del estigma, siempre mayor y más permanente que la pena temporal, un estigma que la misma sociedad “justiciera” se encargará de mantener, situación que no es precisamente el mejor estimulo que un ex convicto pueda tener para superarse.

A lo largo de la historia, la comunidad católica se ha preocupado siempre por la suerte de los presos, ejerciendo una pastoral penitenciaria que ha incluido la atención de sus mismas familias, así como el proceso de reintegración a la comunidad una vez que pagan su condena, tarea difícil debido a la carga de prejuicios que persisten en la sociedad y que traicionan la misericordia.

Hacia dentro de la propia Iglesia existen también tribunales canónicos que juzgan a aquellos miembros de la comunidad que se hacen acreedores a un proceso; si son clérigos, la pena mayor puede ser la exclusión del ministerio, con lo cual -en cierto modo- el asunto queda saldado; en cambio, cuando las penas son correctivas, pasa lo mismo que en la justicia civil, pesa más el estigma que la sanción temporal debido a la debilidad de la misericordia, doblegada por la pervivencia farisaica del que en secreto murmura “ese” hizo esto,  “ese” estuvo en Alberione, o a “ese” lo tuvieron suspendido. Siempre habrá personas de pésima voluntad dispuestas a hundir más al infractor, antes que brindarle confianza y apoyo para acompañarlo en su superación. Incluso, institucionalmente, relegar a una persona rehabilitada a permanecer en los segundos planos de por vida, hace pensar que la rehabilitación falló, que fue inútil sujetarse a un proceso de renovación, o que la propia institución no tiene la valentía profética, de presentar y sostener a sus miembros rehabilitados ante la comunidad y ante la misma sociedad.

Si a San Agustín le hubiesen relegado a los segundos planos, a causa de su pasado, la Iglesia se habría perdido de toda la riqueza que este gran personaje le dio; lo mismo habría ocurrido con el propio apóstol Pedro, quien, por cierto, cometió el peor pecado toda vez que atentó contra el primer y principal de los mandamientos. ¿Eran otros tiempos o era otra Iglesia?

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

Revisa También

De oficio fogonero

Pbro. Armando González Escoto Si un oficio pudiera adjudicarse al chamuco, sería el de fogonero, …