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Adultos Mayores: El espejo social

La tercera edad -tal vez como ningún grupo social- es una interpelación constante del futuro y un severo juez del presente. Las omisiones del ayer se reflejan con claridad hoy. El trato que ofrecemos a los adultos mayores, marca el camino a las jóvenes generaciones. ¿Somos conscientes de la ruta que estamos señalando?


El derecho a una vejez digna

 Rocío López Ruelas

Después de los 60 las cosas ya no son iguales. Si en la juventud cuidamos los temas de la salud, podría ser que en la vejez tuviésemos la calidad de vida que todos desearíamos tener, y la situación económica, o jubilación ideal, que muchos, la mayoría no consiguen. Porque no se fue previsor, o porque no tenemos la cultura de cuidar esos detalles cuando somos jóvenes. El de la vejez, es un problema que enfrenta la sociedad Jalisciense, y es más grave de lo que podemos imaginar. Nuestros ancianos, en su mayoría, viven situaciones de pobreza violencia y abandono, aunque no lo queramos ver. Es común detectar en los cruceros de la zona metropolitana de Guadalajara, el centro de la ciudad, y otros espacios públicos como los atrios de los templos, a ancianos que piden limosna, sentados en sillas de ruedas, sin piernas porque el diabetes provocó su amputación, y sin que sepamos donde están los hijos y nietos de esas personas que, seguramente, en la juventud lo dieron todo por sus hijos. La situación es más que preocupante.

Según datos del DIF Guadalajara, el abandono de adultos mayores es la principal forma de violencia contra los adultos mayores. En Jalisco se estima que viven 600 mil personas de la tercera edad, y se desconoce cuántos de ellos viven situaciones de abandono. Los adultos mayores que lo sufren, no saben que tienen la posibilidad de exigir su derecho a los alimentos, a través de un juicio que pueden promover, y obligar a sus hijos o familiares más cercanos a que les provean de ello. Y los que lo saben, no llevan a cabo el juicio, por ignorancia, por vergüenza, o por temor a pagar los honorarios del abogado. Mientras que la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) apenas registra 13 quejas durante el año, en contra de alguna institución pública: por negar una jubilación, una pensión, atención médica y por indebida integración a las carpetas de investigación.

En el derecho de familia, la pensión alimenticia se ampara en la necesidad que puede tener una persona de recibir lo que sea necesario para subsistir, dada su incapacidad de procurárselo solo. Por esta razón, la obligación de dar alimentos no necesariamente termina cuando los hijos alcanzan la mayoría de edad. Dicha obligación recae habitualmente en un familiar próximo por ejemplo, los padres respecto de los hijos, o viceversa; los hijos respecto de los padres, cuando éstos en situación de vejez, no puedan conseguir los recursos para vivir una vida digna.

Según el Código Civil “Los alimentos comprenden todo lo que sea necesario para el sustento, habitación, vestido, atención médica y hospitalaria. De manera que si nosotros tuvimos una buena infancia, porque nuestros padres trabajaron para asegurarse de que como menores de edad no tuviésemos carencias, y nos sacaron a flote, hoy que ellos, por la razón que sea, no consiguieron una pensión suficiente para tener una vida digna, es momento de devolverles con el apoyo, lo que en nuestra infancia nos dieron para crecer en un ambiente armonía, salud y bienestar.


El desprecio a nuestros mayores

Juan Carlos Núñez Bustillos

Vivimos por una paradoja. Las expectativas de vida aumentan, pero al mismo tiempo la sociedad desprecia a sus ancianos. Mucha gente vive más tiempo, pero en peores condiciones que sus ancestros; con enfermedades largas y costosas y bajo el estigma de que envejecer es una vergüenza. Por eso el tremendo auge de tratamientos, productos y trucos para parecer más joven.

Es una tristeza que nuestra sociedad haya asumido tan fácilmente el desprecio por los mayores. En lugar de ser, como alguna vez fueron, tratados con veneración y respeto hoy son considerados por muchos como un estorbo. Incluso por sus hijos, nietos y sobrinos.

El mercado impuso sus reglas y convirtió a la gente en desechable. El Papa Francisco ha reiterado en múltiples ocasiones que vivimos en la cultura del descarte. Para el sistema médico (farmacéuticas, hospitales, laboratorios, algunos médicos) los viejitos son un gran negocio. Sí o sí se ven obligados a gastar buena parte de sus recursos en intentar preservar su salud porque las instituciones del Estado no les brindan eficientemente ni la atención más elemental. Ahí están las filas interminables de ancianos en las oficinas gubernamentales, dando vueltas una y otra vez, “limosneando” lo que en derecho les corresponde.

Para buena parte de los políticos los ancianos son un botín. En lugar de generar políticas públicas para incluirlos en lo mucho que todavía pueden aportar; en vez de construir instituciones sólidas para atenderlos dignamente, un sistema de pensiones y jubilaciones justo y de propiciar una cultura de respeto e inclusión, los gobiernos les entregan dádivas a nombre del jefe en turno, para que de esa manera los ancianos le vivan agradecidos al político que “les dio” unos cuantos billetes para sobrevivir.

Hay, por supuesto, proyectos e instituciones que funcionan y muchas personas que generosamente apoyan a los mayores. Pero su cuidado no debiera de depender de la voluntad de la gente buena, sino que es un derecho que debe ser garantizado por el estado.

Vivimos en una sociedad hipócrita que se escandaliza porque algunos llamamos con cariño “viejitos” a nuestros mayores, pero que en la práctica los desprecia y se avergüenza de envejecer.


¿A dónde vas? Pa’ viejo México y Jalisco envejecen

José Rubén Alonso González

Como te ves me vi, como me ves te verás… reza el dicho popular. Y vaya que cada día ese mañana es presente. De acuerdo a los censos y proyecciones de población, tanto del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), así como del Consejo Nacional de Población (Conapo), México envejece: si en 2015 la Encuesta Intercensal del INEGI arrojó que las personas mayores a 60 años de edad eran 12.4 millones (10.4 por ciento del total de la población), para 2030, señala el Conapo, 20.5 millones de personas serán adultos mayores (14.6 por ciento del total de la población).

Para el caso de Jalisco, el escenario es similar. El Instituto de Información Estadística y Geográfica (IIEG) de Jalisco, a partir de la población de 65 años y más, en 2017 consideraba que en el estado había 586,226 adultos mayores (7.2 por ciento de la población total del estado), para 2020 se estiman que en Jalisco habrá 649,630 personas mayores de edad (7.8 por ciento), y para 2030 la cifra llegará a 911,839 personas (10 por ciento del total de los habitantes de Jalisco. Uno de cada diez jaliscienses serán adultos mayores (más datos en http://bit.ly/2KWfPFE)

Este cambio en la demografía del país y Jalisco trae consigo una serie de retos para los cuales se requiere tomar medidas ahora, antes de que la vejez nos alcance: mayor número de servicios médicos y más especializados, personal capacitado en geriatría; mayores cargas económicas para el estado, pues habrá más pensionados; adecuaciones urbanas para adultos mayores, espacios y lugares de encuentro y desarrollo para ellos.

No es lo mismo una ciudad y espacios diseñada y construida para niños y jóvenes, que una para adultos mayores. Claro, no se trata de hacer una “ciudad vejez”, sino una ciudad en la que niños, jóvenes y adulos mayores se encuentren, se desarrollen y convivan.

Incluso, la casa familiar debe diseñarse y adecuarse para el encuentro y convivencia de todos: niños, jóvenes, adultos y adultos mayores.

Ciudad y hogar para que mañana continúen en ella los que ahora sostienen la casa y la ciudad. ¿O qué?, serán desechados, arrumbados al fondo de la casa, olvidados, convertidos en bulto, incómodo, abandonados en un centro de asistencia social, asilados; que ni a la calle pueden salir porque las banquetas están fracturadas y al primer paso cualquiera puede caer…

¿A dónde vas? Pa’ viejo.


La vejez digna, reto personal y social

Salvador Y Maldonado Díaz

Llegar a viejo es algo inevitable biológicamente.  Darle dignidad a la vejez es un reto personal, pero también un desafío que como sociedad tiene que encararse, si es que a una comunidad le interesa  darle un rostro humanitario a su estilo de vida.

Nuestra sociedad marcada por el contraste en el acceso a la riqueza que se genera por su actividad productiva, también exhibe sus disparidades en todos los segmentos poblacionales, desde la niñez hasta la senectud.

Para los adultos mayores el asunto es complejo y se va a complicar más porque los indicadores señalan que aumentará en este país la población de gente grande. Esto trae exigencias de gran tamaño para las instituciones, desde el sistema de pensiones, el sector salud y todo lo que tenga que ver con las respuestas que como sociedad tienen que darse.

Viene al caso referir que para 2050, la población mexicana de adultos mayores de 65 años será de por lo menos 24 millones de personas, el doble de la que se  tiene en la actualidad, según cifras oficiales que a veces ningunea el que trabaja como responsable de la presidencia de la República. 

De entrada se tienen que enfrentar situaciones urgentes, como los reducidos montos de pensiones que recibe una gran parte de las personas mayores. Además de que hay una disparidad de género en el problema, dado que las mujeres actualmente tienen menores cantidades en sus pensiones, según los mismos datos del sector público y de la Asociación Mexicana de Afores. 

Urge reformar el actual sistema de pensiones y el marco laboral porque como están las cosas para las nuevas generaciones será más difícil el acceso a montos dignos. La pensión otorgada por actual gobierno en forma universal, si bien ha sido muy útil para muchas personas, debe ser replanteada y acompañada de nuevas acciones de gran impacto en toda la sociedad.

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