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Creatividad pastoral

Pbro. Armando González Escoto

La presente cuarentena ha puesto a prueba tanto la creatividad pastoral del presbiterio como su manejo de las nuevas tecnologías de la comunicación.

Frente a la normatividad que llevó a la suspensión del culto público en medio mundo, podían esperarse por lo menos dos reacciones: la pasiva que simplemente aceptaba el hecho y lo hacía extensivo a todo tipo de actividad pastoral, y la activa, que de inmediato comenzó a buscar alternativas de todo tipo para que la acción de la Iglesia no dejara de sentirse en la sociedad.

En todas las diócesis de la Iglesia universal existen comisiones establecidas para atender los diversos aspectos de la realidad eclesial y social, la respuesta de estas comisiones siguió la misma disyuntiva, dejar de hacer todo o buscar la manera de aportar nuevos esquemas, nuevos elementos, nuevas maneras de continuar trabajando en estas circunstancias, más allá de las celebraciones cultuales, a las que no se reduce ni se ha reducido jamás la acción de la Iglesia. Y así como ha habido presbíteros y comisiones que se han ingeniado para buscar y ensayar otros caminos pastorales, así también los ha habido que ni siquiera se les ocurría que pudieran hacer algo distinto a lo acostumbrado, sino encerrarse, pasar el tiempo, enojarse, hacer cuentas, y esperar a que otros hicieran sin hacer ellos nada por su parte.

Ciertamente la creatividad pastoral no se improvisa, se adquiere y cultiva desde la formación misma que se recibe en la familia, en la escuela, en el seminario, en el presbiterio.

La creatividad existe de por sí en toda persona humana, aunque sea en diversa proporción, pero si ésta no es acompañada y sostenida acaba por anquilosarse. Cuando la acción del sacerdote se vuelve rutinaria, invariablemente sometida a un solo esquema, al más breve, al más fácil, a la búsqueda del tiempo libre para seguir haciendo nada, la creatividad acaba por extinguirse.

Pero hay un asunto de más fondo, no hay creatividad sin motivación, y la motivación es la causa para la cual y por la cual se vive. Tenemos miles de ejemplos para ilustrar el asunto, pero me viene el recuerdo de ese sacerdote católico, que fue el primer europeo en llegar al Tibet, a principios del siglo XVII, atravesando a pie la cordillera del Himalaya desde la India, en pleno invierno, ¿Cómo es que pudo lograr semejante hazaña?  Pues porque ese ser extraordinario tenía una motivación, una causa en la cual creía profundamente, llevar el conocimiento de Cristo a los habitantes de esas lejanas e inhóspitas regiones. Sigue siendo uno de los ejemplos más heroicos en el ámbito de los misioneros, y una de las evidencias más fuertes del poder que tiene una causa, un ideal asumido.

Si entonces observamos en algunos poca o nula creatividad, habría que pensar que no es solamente por falta de formación, sino sobre todo por falta de motivación, de causa.

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