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Crisis de la modernidad y fe

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

La paradoja existencial más acuciante y dolorosa en el contexto contemporáneo es la magnitud de los logros científico-técnicos de la modernidad confrontada con la experiencia humana del desencanto, del vacío, de la desesperanza y de vivir en nuestro mundo como extranjeros; de ser ciudadanos de la tierra y vivir exiliados de nuestro mundo, como forasteros en casa. Aun cuando somos seres de este mundo, radicalmente enraizados en la tierra de este planeta porque estamos constituidos de su barro, muchas veces nos sentimos ajenos a la realidad esperanzadora de la vida, por situaciones cotidianas de muerte.

Son muchos y graves los problemas que nos aquejan. Vivimos en una coyuntura desafiante en grave crisis provocada, en última instancia, por los desenfrenos antropocéntricos de la modernidad, crisis estructural con un carácter dramático e ineludible. La modernidad pretendió poner al hombre como el centro convergente, inmanente y absoluto de todas las cosas, rompiendo la armonía de las relaciones con el Absoluto, con los otros y con la naturaleza; al primero negándolo y a los segundos explotándolos. 

La exaltación del hombre por el hombre nos ha llevado, de forma contradictoria, al sentimiento de desamparo, aun en los progresos de la ciencia y de la técnica. Cuando parecía que todo iba súper bien, cuando el hombre había alcanzado cierta independencia y libertad para “romper el cordón umbilical” y subyugante del Padre Eterno, cuando había logrado pisar con la planta del pie el polvo de la Luna y descubierto el quark, las partículas más diminutas de la materia, nos experimentamos ahora a la intemperie y sin referencia; cuando el hombre estaba en el altar central del panteón, el lugar de los dioses, se encuentra, al mismo tiempo, en las periferias hambrientas y desnudas. ¡Es verdad, estamos en crisis! Constatamos la ambigüedad de nuestros logros, la fragilidad de nuestros intentos, el fracaso de nuestras utopías. Estamos, como los israelitas en Babilonia, en tierra extranjera.

Para Israel el destierro en Babilonia fue el acontecimiento más dramático de su historia después de la esclavitud de Egipto, porque supuso la desaparición de la patria, la destrucción del Templo, el fin de sus instituciones y la muerte de muchos hermanos. El destierro significó para los judíos una nebulosa duda de fe. Sin embargo, la deportación y la explotación del pueblo de Dios en un país lejano permitió purificar la esperanza y confianza en Yahvé, el Creador que salva, el Salvador que crea. Nuestra realidad contemporánea tan marcada por la crisis permanente, nos sitúa, como aquellos israelitas, en tierra extrajera. El nuevo destierro, sin quitar todo su dramatismo, no puede ser sino la oportunidad maravillosa, el kairos, el tiempo de gracia y bendición para afianzar nuestra fe, acrecentar nuestra esperanza y ofrecer nuestro compromiso transformador en esta sociedad que reclama la presencia activa de los cristianos. La crisis actual es el momento oportuno de abrir nuevos horizontes y aportar significatividad desde la fe cristiana a este mundo amenazado de muerte, para que en Cristo tenga vida.

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