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De la persecución a la pandemia

Pbro. Armando González Escoto

Aunque durante la Guerra de Reforma, los cultos religiosos se suspendían o se reabrían a tenor de la facción triunfante, no fue sino hasta 1926, durante la persecución religiosa del presidente Calles, que los cultos fueron suspendidos, por decisión de los Obispos, durante dos años y diez meses.

De manera clandestina, había celebraciones en casas, lo mismo en las ciudades que en los pueblos, pero eran pocas las personas que podían beneficiarse de estos servicios.

Las diferencias entre aquella suspensión y la actual son por lo menos tres. Primero, no existe una persecución religiosa sino epidemiológica; segundo, vivimos en una sociedad bastante secularizada que podría, eventualmente y en algunos sectores, no extrañar la falta de culto público; y tres, existen hoy día numerosas formas de seguir el culto religioso por medio de las modernas formas de comunicación, cuya oferta en este punto ha sido extraordinaria.

No obstante, debemos recordar que la suspensión del culto religioso de 1926 a 1929, produjo un grave daño a la Iglesia sobre todo en la vida de los fieles, por un lado, en la anarquía que se generó a la hora de administrar privadamente sacramentos, también en una disolución de las costumbres que se fue haciendo cada vez más sensible, de igual manera se desarticularon las estructuras pastorales de la Iglesia, y poco a poco la gente se estaba acostumbrando a esa anómala situación.

En lo que mira al presbiterio, con frecuencia concentrado en las capitales estatales y forzado al ocio, se fueron presentando diversas problemáticas económicas, de salud y de costumbres. No todos fueron mártires ni todos fueron confesores de la fe. Es lógico que, a los Obispos, casi todos exiliados, les preocupara seriamente la prolongación de esa suspensión de cultos.

En la actual suspensión que vivimos, lo primero que nos está haciendo falta es información fidedigna sobre la manera concreta en que laicos y consagrados están viviendo su fe en casa, no podemos hacer valoraciones basadas en supuestos. Tampoco sabemos cuántas personas concretamente siguen el culto, al menos dominical, por televisión o por internet, decir muchos o pocos porque así se me figura, es absurdo.

En todos los campos, incluido el cultivo espiritual, en casa, nos han faltado protocolos a seguir, esquemas específicos, por así decir, horarios que regulen y organicen la vida de las familias confinadas, horas para estudiar, horas para trabajar en casa, horas para el aseo, la conversación formal, la diversión, y por supuesto, la oración con o sin televisión, con o sin redes sociales.

Tampoco estábamos preparados para poder ofrecer y para poder seguir pláticas pre-sacramentales en casa, o disponer de una catequesis infantil novedosa, animada, pedagógica, en línea, con juegos de todo tipo y una misma finalidad, catequizar.

Será de enorme importancia poder pronto hacer una evaluación profunda de lo que ha significado para la Iglesia esta experiencia, identificando lo positivo y lo limitado, insisto, no con base en suposiciones y buenas voluntades, sino en instrumentos confiables que nos den datos creíbles.

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