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"Romanos en la Decadencia", Pintura de Thomas Couture.

El ropaje de la decadencia

Pbro. Armando González Escoto

Cuando una persona entra en un proceso de decadencia, por ejemplo, económica, se sigue vistiendo bien, pero ya no va con la moda, conserva algunas joyas, muy buenas, pero muy pocas, ya vendió las demás, sigue cuidando su apariencia, pero con productos de menor precio, hasta que paulatinamente se olvida de las apariencias y acaba sumergida en el desánimo, la indiferencia, y con frecuencia, en el cultivo de algún vicio que le sirve de escape a su situación.

Pasa lo mismo con las instituciones que de tiempo en tiempo, entran igualmente en decadencia, aparentemente se mantienen y lucen su antiguo esplendor, pero, miradas más de cerca se advierte que quienes hoy lucen las galas de los mejores tiempos, no conservan el ímpetu, la pasión, el compromiso que las acreditaba; sus integrantes son como soldados jubilados portando uniformes de aquellos tiempos: con muchas medallas y pocas razones para portarlas. Su interés o preocupación por los problemas que la institución enfrenta es más bien de carácter oficial, y dura el tiempo que se tardan en tomarse la foto.

La abulia, la pasividad, la ausencia de creatividad, la rutina, son síntomas que hacen a los decadentes, parecidos al anciano senil que arrastra los pies dentro de enormes babuchas. En las instituciones decadentes se cree sin creer, se trabaja sin ganas, no se aspira a obtener resultados sino sólo a cumplir el mínimo de obligaciones con el mínimo de esfuerzo; solamente son importantes las vacaciones, los días feriados, cuando se pueden todos ir a descansar, comer y beber, cantar y chismorrear, porque el espíritu de la decadencia no da para otra cosa, y entre estas oportunidades que se buscan con ingenio, y la mediocridad del trabajo que hacen para sobrevivir; están los intermedios volcados en Netflix y cuanto sistema garantice diversión en casa sin límite, incluyendo todas las posibilidades de la telefonía celular, de la que no prescinden ni cuándo van al baño.

La decadencia puede ser pasajera o terminal, lo mismo en las personas que en las instituciones, pero siempre es preocupante y de muy malos resultados, y mientras los sesudos observadores se ponen de acuerdo para definir el carácter del fenómeno, son infinitas las posibilidades que se pierden para personas e instituciones.

Cuando la decadencia es terminal nada se puede hacer, sino esperar la sepultura, los individuos simplemente se extinguen y las instituciones se convierten en arqueología. Para salir de la decadencia pasajera se requiere mucho más que buenas razones, sobre todo considerando que un fenómeno de decadencia que inicialmente era pasajera, se puede volver terminal si no se atiende a tiempo.

Por lo común la decadencia pasajera surge de frustraciones a la hora de obtener logros, de desajustes o bloqueos emocionales, desfase entre lo que se piensa y la realidad tal cual es; cansancio de las estructuras, erosión de las motivaciones, decisiones profesionales equivocadas, fijaciones mentales, respuestas repetitivas, pérdida de la vitalidad. Existe remedio, pero ¿quién lo pondrá?

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