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Cuidar la casa común es de todos, no de unos cuantos.

La sacudida de La Amazonía

José de Jesús Parada Tovar

Indudablemente que la inercia, la desidia, el pasmo efímero, la rutina, el conformismo del “día a día”, la lucha por la sobrevivencia, nos encaminan y hasta nos arrollan hacia el pesimismo, la omisión, la frivolidad, que nos nublan la visión, embotan la mente y adormecen la voluntad. Esa parece la condición, tanto humana como cristiana, de millones de seres que nos decimos católicos, pero que nos portamos ajenos, distantes y entumidos ante los más graves y latentes problemas, por más que nos afecten en prácticamente todos los campos de la vida.  Nos hemos convertido en objetos de decisiones superiores y de registros estadísticos, por eludir ser sujetos del cambio, de la conversión personal y de las estructuras institucionales.

Por estas fechas concluyen, en El Vaticano, los trabajos del Sínodo Panamazónico que, bajo la mirada, la convocatoria y el liderazgo del Papa Francisco, han puesto a orar, a deliberar y a plantear situaciones muy específicas y de urgente atención especialmente en la porción Sur del Continente Americano, con la intervención de selectos representantes, eclesiásticos y seglares, muy conocedores de la realidad regional, que requiere de lúcidos enfoques y de apremiantes e integrales soluciones.

En particular llama la atención el marcado interés que se ha explicitado en los trabajos previos del Sínodo en cuanto a la urgencia de conceder un efectivo protagonismo a la intervención de los laicos en la Iglesia, habida cuenta del decremento incontenible de vocaciones sacerdotales y consagradas y, por ende, de la necesidad imperiosa de apelar a la adecuada formación laical y a animar y sostener su valiosa incorporación en la tarea de inculturar la Evangelización, de cristianizar las tan diversas culturas, aprendiendo también de ellas, sobre todo en las remotísimas tierras de la extensa Amazonía, densamente pobladas de familias precaristas y de indígenas.

Sin embargo, de manera primordial atrae la idea conceptual, tan utópica y visionaria a la vez, que el Santo Padre Francisco tiene acerca de la Humanidad. A lo que convencionalmente y desde hace milenios llamamos Tierra, Orbe, Mundo, Planeta, Globo, él le denomina “La Casa Común”, con todo lo que ello implica de sentido común y etimológico, de gusto, co-propiedad, responsabilidad y compromiso. Y, en esa dimensión, surge a gritos el llamado a la solidaridad en el cuidado ético y universal de los bienes y riquezas naturales con que Dios dotó a su Creación.

Y es que, con la apabullante fuerza de la sinrazón, de los grandes intereses económicos y políticos desde Perú hasta Brasil, asoman ya amplias sombras de depredación de bosques y selvas; etnias abandonadas y desheredadas; exterminación de flora y fauna; contaminación de caudalosos ríos. Todo ello un grandioso potencial humano y natural, que le aporta equilibrio y bonanza a todo nuestro Continente por ser un pulmón que le da respiro y sustento. Un tema, pues, de alcances insospechados, cuyos beneficios no somos capaces de calibrar, como tampoco los daños que llegará a causarnos su deterioro hasta hoy imparable.

A guisa de ejemplo, con la salvedad de las proporciones, baste recordar la alarma mundial por el accidente en la Central Nuclear de Ucrania en 1986, quinientas veces más potente que la bomba de Hiroshima, y cuyas radiaciones afectaron directamente a 400,000 personas y dejaron, inhóspitas e infértiles, dilatadas extensiones de por vida. Las densas nubes de gases radioactivos surcaron Continentes…

Bien vale, entonces, cavilar en serio y actuar en consecuencia por lo que respecta, al menos, al propio medio y entorno inmediatos: nuestras Costas, apropiadas por particulares y contaminadas; las Sierras de Manantlán, de Tapalpa, de Mazamitla, y otras, desmaderadas en sus adentros e invadidas de casas campestres en sus orillas visibles, al igual que La Primavera, incendiada sin freno en cada estiaje y carcomida por edificaciones. Similar caso en las comisuras de la Barranca del Río Santiago. Este mismo caudal, sucio a más no poder, por el criminal aporte de desechos industriales y de todo tipo. Otro tanto el Lago de Chapala y la Laguna de Cajititlán, con extracciones clandestinas y descargas de desechos altamente perjudiciales… ¿Qué más sigue, qué   esperamos? ¿Cuál utilidad de los “Días de” No fumar; Del agua; del Medio Ambiente; del Ahorro  de Energía, etcétera? ¡Puras pamplinas y vacuedades!

La tarea está en otro lado y ciertamente cercana; pero con razonamientos inteligentes, con argumentos bien informados, con voz fuerte y voluntad decidida. Por cierto, hay párrafos muy iluminadores en Laudato si.                

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