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La ciudad episcopal

Pbro. Armando González Escoto

Guadalajara acaba de cumplir 478 años de existencia y, a tenor de los últimos tiempos, de sobrevivencia.

Aunque en el siglo XIX sufrió mucho la ciudad a causa de guerras civiles, sitios y cañoneos, nada se compara con lo que le ha tocado vivir de la época surgida de la revolución.

A la destrucción “razonada” y “limitada” del gobierno de González Gallo, ha seguido la devastación irracional e ilimitada, tanto social como gubernamental de los últimos cincuenta años, pues, mientras la autoridad destruía medio Centro Histórico para crear la “Plaza Tapatía”, la ciudadanía se ha dedicado al deporte de destruir sus antiguas casas, para convertirlas en estacionamientos o en edificios pavorosos encajados en el entorno antiguo de la ciudad; cuando esto no lo han podido hacer, quedan ahí las ruinas, rodeadas de baldíos, ya que no existe una ley que permita acciones más determinantes de la autoridad ante este tipo de comportamientos.

La epidemia de peatonalizar calles ha estrangulado al Centro Histórico asfixiando al comercio y a la movilidad, y dejando esos espacios en manos de la delincuencia, lo mismo de día que -sobre todo- de noche, pues la ausencia de tráfico es un incentivo para los malandrines.

Importantes edificios históricos de Guadalajara enfrentan hoy daños severos, como es el caso de la iglesia de San Francisco, la más antigua de la ciudad, anterior a la Catedral o al templo de Santa María de Gracia, pero aun la misma Catedral, aguarda con temor el paso del tren subterráneo y sus vibraciones, que pueden empeorar los daños que ha sufrido por la construcción, primero, del túnel de Hidalgo, y ahora por el túnel de la Línea 3.

El vandalismo imparable, no solamente afecta a la ciudadanía, sino al mismo mobiliario urbano; bustos, y hasta estatuas de jardines y camellones, han sido robados junto con tapas de registros y un sinfín de placas de monumentos que, por lo mismo, se han convertido en esculturas al “héroe desconocido” e, incluso, pedestales a la estatua desaparecida.

La basura es otra presencia constante en Guadalajara, aunque todos los días, en la mayor parte de la urbe, pasa el camión recolector, sus operarios se contentan con levantar las bolsas, aunque dejen regada la mitad de su contenido sobre las banquetas. Lo mismo ocurre con las “papeleras”, frecuentemente copeteadas de basura siempre en fuga.

Por si faltara algo, los amables poseedores de mascotas siguen pensando que la calle, el espacio de todos, debe ser el sitio ideal para que sus perros dejen -por todas partes- sus deshechos corporales, algo de verdad inconcebible a estas alturas del progreso mundial.

¿Y las fachadas? ¿Quién en su sano juicio va a pintarlas, si antes de terminar ya amanecieron grafiteadas?

La movilidad es otro drama cotidiano y contaminador; en el Centro son pocas las calles con semáforos sincronizados, y muy pocos los cruces con semáforos peatonales, por lo mismo, caminarlo es una odisea.

armando.gon@univa.mx

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