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La sombra del pasado

Pbro. Armando González Escoto

Tenemos memoria, por lo mismo almacenamos en ella no sólo las propias experiencias, sino los conocimientos y las experiencias ajenas, hasta constituir un bagaje que nos ayuda a ubicarnos en el presente y a enfrentarlo con éxito. Desde este punto de vista, conservar la memoria del pasado es útil y provechoso.

Las sociedades y sus instituciones conservan igualmente la memoria de sí mismas, con la idéntica finalidad de ayudarse en el presente, usando recursos que anteriormente sirvieron, o desechando los que fueron inútiles o nocivos.

El pasado, debiera ser pues empleado siempre en orden al aprendizaje y la experiencia, es decir, en su aspecto luminoso, pero con frecuencia ocurre lo contrario; suele haber personas para las cuales el pasado se vuelve una cadena, sea porque añoran lo que fue, sea porque lo deploran; en uno y otro caso el resultado es la pesadumbre, la frustración y el inmovilismo frente al presente.

También existen personas que del pasado, solamente conservan o lo muy bueno o lo muy malo, de sí mismas o de los demás, con la consecuencia de mantener una visión parcial de la realidad, y por lo mismo injusta.

Esta variedad de actitudes ante el pasado, incluye también la mala voluntad consciente y operante de quienes a los demás, y a las propias instituciones, los apesadumbran todo el tiempo recordándoles sus errores pasados, etiquetándolos de por vida, e incluso pretendiendo que paguen los hijos por la culpa de los padres.

En esta perversa labor se especializan las sectas y los grupos tendenciosos, todo el tiempo dedicados a exhibir los errores que la comunidad católica tuvo en uno o varios momentos de su historia, no para analizarlos, explicarlos y obtener una experiencia positiva, sino con el solo fin de desacreditar, como si una institución como la Iglesia, constituida de tantos millones de miembros y de tantos siglos, debiera haber sido invariablemente perfecta todo el tiempo, en todas sus acciones y decisiones.

Esta postura parcial y arbitraria desconoce intencionalmente, todos los aspectos positivos y luminosos que la cristiandad católica ha tenido y conserva desde su origen, y que no pueden ensombrecerse por el hecho de que haya existido en algún momento una “santa” inquisición, una familia Borgia en la Santa Sede, una edad oscura en el siglo X, o una serie de conductas equivocadas en tales o cuales clérigos, por citar algunos de los temas que con mayor frecuencia se arrojan al rostro de la Iglesia, temas además, desfigurados, generalizados y manipulados.

La honestidad, una virtud hoy tan abandonada, debiera impedir a toda persona o grupo, hacer un mal manejo del pasado de instituciones e individuos, si no en atención de los valores cristianos, que probablemente no tengan, al menos por la natural honestidad que puede y debe buscar todo ser humano, al margen de cualquier religión; si como dijo Lichtenberg, “las mentiras más peligrosas son verdades moderadamente distorsionadas”, ¿Que será cuando esa distorsión pierde toda moderación?

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