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Lavatorio de pies

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

La santa liturgia de la Cena del Señor del Jueves Santo, con el rito del lavatorio de los píes, nos ayuda a introducirnos de manera pedagógica en el misterio pascual. Lavar los pies era una cosa habitual en donde los caminos estaban llenos de polvo y, después de un largo viaje, se tenía la necesidad de hospitalidad. Un peregrino debía ser recibido en una casa con una bandeja de agua y una toalla limpia, como Jesús hace notar a Simón, el fariseo que juzga a María al lavar los píes del Señor, que no lo han recibido en su casa con estos gestos de mínima urbanidad.

Este simple gesto, aunque realizado por sirvientes en nombre del dueño de casa, llega a ser en Jesús y para Jesús un signo de salvación. Jesús es el amo de la casa porque “el Padre le ha dado todo en las manos” y como amo se pone a lavar los pies; pero no pierde por este signo su dignidad: “ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy”.

Quien actúa con amor no es esclavo, por eso Jesús es el Señor, pues sirve con amor hasta cuando hace un servicio de esclavo.

No es la acción la que cambia a aquel que la realiza, sino Jesús transforma con su personal actuar aquello que hace. Jesús no es esclavo cuando lava los píes, sino que este gesto llega a ser, por la acción de Jesús, signo de servicio y de amor.

Esto mismo pasa en la cruz: Jesús no es un criminal porque muere en la cruz, sino que esta llega a ser un signo de salvación por la muerte de Jesús en ella.

Lavar los píes significa un gesto de acogida y hospitalidad, por eso cuando Jesús lava los píes a sus amigos les está diciendo cuánto los ama, cómo quiere participarles de su vida al recibirlos en el Reino de su corazón: “si no te lavo no podrás tener parte conmigo”, le dice a Pedro que se resistía. Lavar los píes es crear un espacio de comunión y de compartir, es decir, un espacio eucarístico en el que los discípulos podrán encontrar a Jesús y donde el Señor se deje encontrar. Por eso, la hospitalidad será una virtud del cristianismo, porque es un gesto eminentemente eucarístico.

La hospitalidad es una disposición del corazón hacia el otro, la capacidad de abrir nuestra casa y nuestro corazón al otro para dejarlo estar ahí, para compartir. Jesús en la Eucaristía nos hace sus huéspedes, nos acoge ofreciéndonos su Palabra y su Pan de vida eterna. Pero también nosotros acogemos al Señor participando de su vida y convirtiéndonos en su Cuerpo.

Ese espacio de acogida hospitalaria entre el Señor y cada uno de nosotros se convierte a su vez en un espacio de acogida hacia el otro, en la medida en que la Eucaristía nos abre y nos hace disponibles hacia aquellos que nos encontramos en el camino de la vida.

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