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Pastoral & Cultura: “Ciudades prohibidas”

Pbro. Armando González Escoto

Pbro. Armando G. Escoto

El último emperador de China fue electo a los tres años de edad y derrocado cuando tenía doce, no obstante, la nueva república le concedió seguir viviendo en el palacio imperial, llamado “la Ciudad Prohibida”, con toda su corte compuesta de dos esposas, numerosas concubinas y cerca de dos mil eunucos que se hacían cargo de todos los servicios imperiales. Hacia dentro del palacio nada había cambiado: protocolos, rituales, lujosas vestimentas, fiestas y banquetes, músicos, perfumistas y ceremonieros, junto con las intrigas palaciegas, todo se conservaba como si aún existiera un imperio y un emperador. El Emperador existía, pero ya no tenía ningún poder, mientras que el imperio era cosa del pasado.

De pronto la realidad china se expresaba en dos dimensiones, la real y la ficticia. La ficticia la conformaban todos cuantos creían que la realidad no cambia y que se puede seguir actuando en consecuencia, al margen por completo de lo que verdaderamente estaba sucediendo en el resto de China y del planeta. De hecho, la Corte china había estado viviendo en esa ficción desde mediados del siglo XIX, de ahí que jamás tomara las medidas adecuadas para entender el mundo y ajustarse a los cambios vertiginosos que se producían.

Lo mismo sin embargo sucedía contemporáneamente en la Corte del Zar de Rusia, cuyo bisabuelo había declarado que él no necesitaba asesores inteligentes sino leales, su consejo se siguió permanentemente, y así el Kremlin se convirtió también en una “ciudad prohibida”, es decir, un mundo alejado de la realidad, detenido en el tiempo, donde todo parece funcionar y donde muchos cortesanos se encargan de que lo siga pareciendo, aún más, estos cortesanos serán también quienes traicionen y vendan la propia patria por un título extranjero, o una buena suma ¿No fue ese el mismo caso de Versalles, otra “ciudad prohibida” de la monarquía francesa?

Las “ciudades prohibidas” son el símbolo de cortes, gabinetes, gobiernos, aferrados al pasado, ajenos al tiempo en el que viven, tomando decisiones para épocas ya caducas, con actitudes manidas, y una enorme capacidad para no ver los fracasos repetidos en que incurren o atribuirlos a todo, menos a su falta de aptitud.

Las “ciudades prohibidas” son administraciones paralizadas y paralizantes, ni hacen ni dejan hacer, y sus líderes son semejantes a capitanes de navío decididos a impedir que su tripulación salve al barco cuando está por naufragar. La Iglesia, en algunas etapas de su historia ha sido también una “ciudad prohibida” y las consecuencias han sido catastróficas, peor cuando ha creído en la buena voluntad de Herodes.

La preocupación del Papa Francisco es que ante los nuevos escenarios que vivimos no nos convirtamos en una “ciudad prohibida”, haciéndonos la ilusión de que todo sigue como era antes, o queriendo que así sea, contentándonos con los fieles de la misa dominical, y lo peor, maltratándolos como se hacía antes, en los tiempos del clericalismo paternalista y las sociedades sumisas.

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