Home / Opinión / El valor de lo esencial

El valor de lo esencial

Pbro. Armando González Escoto

Lo esencial es lo permanente, lo que no necesita cambiar, lo que es para siempre. En la Iglesia, de cien cosas, sólo tres son esenciales: la Biblia, el dogma y los mandamientos, términos clásicos que pueden traducirse por revelación, enseñanza y conducta, y éstos por comunión, comprensión y vida. Las otras noventa y siete cosas, al no ser esenciales, pueden cambiar al infinito.

En la película británica, “La misión”, estrenada en 1986 y ganadora de diversos premios, se narra entre otras cosas la conversión de un esclavista portugués, que por líos de faldas acaba matando a su hermano; hundido en la depresión decide unirse a los misioneros jesuitas que trabajaban en las misiones del Paraná, pero como una forma de autocastigo amarra a su cuerpo un enorme ato de armaduras, cascos, espadas, que ha de arrastrar incluso en la escarpada subida del Iguazú, lo cual pone varias veces su vida en peligro, y retrasa su marcha, hasta que un jesuita, muy decidido, corta de un tajo la cuerda que sujetaba aquel montón de fierros y libera al converso.

Con frecuencia la Iglesia es semejante a este personaje, arrastra por años enormes atos de inutilidades que considera importantes, que le dañan y dficultan su camino, sin nunca decidirse a liberarse de esas noventa y siete cosas irrelevantes que la atoran.

El drama se convierte en tragedia cuando de pronto el mundo cambia de manera radical, y deja a la Iglesia representando una escena que ya nadie ve. Los actores sin embargo se siguen vistiendo igual, en el mismo escenario, con los mismos libretos ininteligibles, desarrollando diálogos y tramas carentes de interés para la gente, con muy pocos espectadores y sólo algunos actores esperando el momento oportuno para llevarse lo que puedan de la vieja tramoya.

El cambio radical de la sociedad se puede comparar con los tableros que se hacen para colocar en ellos figuras geométricas. La Iglesia es el tablero, las figuras geométricas son las personas, si éstas cambian de forma ya no se pueden colocar en un tablero que permanece igual. Si la acción pastoral consiste en hacer que las personas quepan en nuestros tableros a como dé lugar, los resultados serán lamentables para personas y tableros. Por eso mucha gente, al ver que ya no hay sitio para su nueva forma en el tablero de la Iglesia, opta por alejarse o buscar tableros donde sí quepa.

No es tan sencillo definir qué entra en ese 97% que se puede cambiar. Ya con motivo del Vatiano II la Iglesia cambió notablemente sus tableros, el problema inesperado fue que la sociedad siguió cambiando, dejando siempre cadúcos los tableros religiosos.

Esta realidad que se ha vivido durante los últimos cincuenta años nos invita a pensar que lo urgente es adquirir la dinámica de la rueda, mantener firme el eje, pero no dejar de movernos con la velocidad que lo hace la realidad, lo cual requiere creatividad y entusiasmo.

armando.gon@univa.mx

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

Revisa También

El Repique

Fray Badajo Toque de duelo En materia de seguridad, todo está muy bien, dice el …