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Peripheria: Gran reto

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

A inicios del año se veía el coronavirus como una amenaza lejana, pues en México no había todavía algún caso y la vida transcurría con toda normalidad, eran tan alarmantes como lejanas las noticias de Europa, pero todo cambió de repente.

En Jalisco, la primera quincena de marzo supuso el cierre de las actividades no esenciales y pensamos que esto duraría un par de semanas, cuando mucho. Se decía que la semana santa se celebraría como todos los años, acaso con ciertos cuidados; luego que la curva de contagios tendría cuando mucho su punto más alto en los primeros días de mayo, luego en junio… se terminó por no creer en el discurso de la curva; la pandemia sirvió como pretexto para la jerga política, en la que el pueblo se ha llevado los golpes más duros;  luego se comenzó la nueva normalidad con todas las restricciones sociales que conocemos, marcada por el desinterés de una gran parte de la población y el aumento de contagios.

Han pasado más de cinco meses y todavía no podemos volver a la vida habitual, aunque se dice que quizá la vida no sea ya como era.

Las consecuencias negativas de la pandemia, no sólo en el rubro de salud, ya las estamos padeciendo, sin embargo, las repercusiones a mediano y largo plazo todavía no las sabemos con certeza, si bien hay algunos que se animan a vaticinar un horizonte poco esperanzador.

A pesar de este contexto tan difícil que se vive, conviene recordar que desde la fe, la mirada sobre la realidad debe estar enmarcada en la historia de salvación, en la que Dios actúa siempre como Padre amoroso y providente.

Es el Señor de la historia el que lleva, en su designio insondable, los hilos del devenir del tiempo, a pesar de que nuestra corta mirada no alcance a percibir su presencia.

Por ello, la acción pastoral de la Iglesia no puede ser ajena ni indiferente frente a esta realidad, al contrario debe situarse en este contexto y responder con fidelidad al Evangelio y a la historia, aunque de pronto nos sintamos sorprendidos y, por qué no reconocer, también perdidos en este tsunami omnipandémico.

Nuestras respuestas no pueden reducirse al culto litúrgico, ahora transmitido por medios digitales, ni a los cursos bíblicos, teológicos o catequéticos “on line”, sino que estamos llamados a emprender creativamente una nueva forma de evangelizar que nos conduzca a la dignificación de la vida humana, lo que empata perfectamente con el objetivo diocesano y con el proceso pastoral de nuestra Iglesia particular.

Una Iglesia misionera, que quiere ser buena samaritana y actuar con misericordia, debe estar atenta a los que están tirados a la vera del camino por las situaciones conflictivas que les asaltan; bajarse de su cabalgadura, es decir, ser capaz de abandonar sus seguridades, para poder curar con el aceite de la esperanza y el vino del consuelo. Debemos oler más Jesús, el Buen Samaritano: ese es el gran reto pastoral.

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

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