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Democracia y demagogia

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

Alexis Henri Charles de Clérel, vizconde de Tocqueville, jurista, historiador, político y pensador de la Francia decimonónica, precursor de la sociología y uno de los pilares del liberalismo, afirmaba que en el mundo moderno, una de las palabras más usadas y, quizá más prostituídas, es la de la democracia. Hoy esta palabra, al menos en nuestro contexto nacional y por lo que a primera vista de un neófito en política se puede avizorar, corre el peligro de ser mal usada para justificar demagógicamente las actitudes despóticas de quienes, por voto popular, están en el poder.

La demagogia es la herramienta de gobiernos populistas de corte tiránico que a fuerza de palabras halagüeñas tratan de convencer al pueblo para convertirlo en instrumento de la propia ambición política y/o económica. El demagogo hace muchas promesas que es consciente de la imposibilidad de cumplirlas, pero las hace tan creíbles que hasta él mismo termina por creerlas ciertas. El discurso demagógico corre no por los datos que proporciona la ciencia, mucho menos los que surgen de la creencia o de una ideología precisa, sino por aquellos que se acomodan a sus intereses arguyendo otros datos, cuya fuente nunca se sabrá. El gobernante demagogo ignora a quienes no le acarician el oído y descalifica a quienes, con pruebas objetivas, le advierten sobre sus equívocos.

Cuando el gobernante demagogo se dice democrático, prostituirá la palabra democracia para transformar su gobierno en una tiranía, que en su origen etimológico refiere a un poder absoluto y unipersonal, centrado generalmente en una personalidad carismática y con el aval de una supuesta mayoría, que alza las manos en un mitin de partido.

La democracia será sólo la pantalla de un poder omnímodo del gobernante en turno, que dispone de todos los poderes del Estado y de sus instituciones, apoyado por una mayoría a modo y por una sociedad indiferente.

Yo no podría ni pretendo, de alguna manera, calificar al gobierno federal actual de demagógico ni de tiránico ni de populista, pero sí tendría qué cuestionar algunas acciones que, como ciudadano, me deja a deber un gobierno que se dice y presume de ser liberal.

  1. En primer lugar, el que se llame ejercicio democrático a las decisiones de suma importancia que se toman a mano alzada en una reunión en la que se convocan a los militantes y simpatizantes del partido y de la persona del presidente.
  2. El que se imponga desde la bancada del partido en el poder a representantes partidistas en las instituciones democráticas y ciudadanas que con mucho esfuerzo se lograron consolidar como apartidistas.
  3. El hecho de que se recurra al discurso culposo del pasado para no asumir los problemas del presente.
  4. El que aparentemente se presione a la Suprema Corte de Justicia a tomar decisiones que puedan cuestionar su independencia frente al ejecutivo.
  5. La descalificación permanente que, desde la tribuna suprema de la mañanera, se hace a los opositores.

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

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Un comentario

  1. Angélica Sierra

    y según usted se debe dejar impune, el crimen pasado? pues estos crímenes,ea son parte de los problemas presentes, hacer conciencia yo llamaría al sacar a la luz la verdad del pasado. por otra parte el que el pueblo vote no es populismo es democracia, y eso se debe respetar. yo veo claro en todos sus comentarios su capacidad de manipulación para que los católicos, sin pensamiento propio, estén en contra de este Gobierno, puesto que si fuera otro el caso, buscaría una reflexión más objetiva.